WABI. Bruce Chatwin

Philip Johnson en su casa de New Canaan, Connecticut, 1949.

Los japoneses tienen una palabra, “wabi”, para designar la pobreza, o más bien la pobreza voluntaria, en el sentido en que el Zen dice que carecer de bienes es poseer el mundo. Tanto en China como en Japón, la búsqueda ascética de la pobreza se deriva de las enseñanzas de Buda. Un hombre lastrado por sus bienes, dijo, es como un barco que hace agua: la única esperanza de ponerse a salvo consiste en echar la carga.

“El hombre –según un gran maestro Zen– no posee originalmente nada”. Mas la idea de que el arte pobre es más liberador y más perdurable que el arte rico ha sido el móvil esencial de muchas de las obras maestras paradójicamente más apreciadas del Lejano Oriente. Un ojo experto puede aseverar de un vistazo si una taza de la ceremonia del té posee o no el genuino espíritu del “wabi”.

Sin embargo, el arte pobre –mudo, monótono, a-icónico– no está, ni ha estado nunca, confinado tan sólo en Oriente. En el Antiguo Testamento puede leerse acerca de la ira de Jehová al apercibirse de que sus hijos habían profanado el Templo al atestar sus salas de imágenes, convirtiéndolo en una galería de esculturas. Si el Señor ha de asentarse en algún lugar, al menos ha de poder respirar un poco del aire puro del Sinaí en su santuario.

Despojar, purificar, respirar de nuevo, quitar la escoria y los oropeles, han sido motivos constantes del judeocristianismo y, por lo tanto, de la tradición occidental. Para hallar ejemplos de “wabi” en Occidente, la mirada ha de dirigirse a ciertas abadías cistercienses, a las vacías iglesias de Sanraedam, a las construcciones de los shakers, a la música para piano de Satie, o a las últimas acuarelas de Cézanne del Mont Saint-Victoire. Hacia el final de su vida, Mark Rothko dijo que esperaba que sus pinturas se asemejaran a los “lados de una tienda de campaña”. Todo esto no implica, por supuesto, que esta clase de “pobreza” sea exclusiva de los grandes artistas, sino que puede igualmente estar presente en una capilla no-conformista cualquiera.

Lo que por regla general no se admite en arquitectura es que el vacío –el espacio vacío– no está vacío, sino lleno. Pero para observar dicha plenitud se requieren la exigencia y la disciplina más rigurosas por parte del arquitecto. Aquí no puede haber lugar para la incertidumbre, o para efectos ansiosamente “artísticos”. El trabajo ha de ser perfecto, o no será nada. La arquitectura es música congelada: cuanta mayor es la reducción, más perfectas han de ser las notas. Una vez fui a ver a un antiguo discípulo de Mies van der Rohe que había puesto en práctica el dicho del maestro, “menos es más”. Vivía en un austero apartamento de una sola habitación, en la parte media de Manhattan. Era un hombre muy rico. Todas sus posesiones las guardaba en armarios –y entre ellas había un Picasso cubista–. Recuerdo que me decía que cuando has de vivir en una enorme ciudad claustrofóbica del siglo XX; cuando, al salir de tu hogar, te sientes bombardeado por los reclamos del consumismo –“¡Cómprame!, ¡Obedéceme!”–, el mayor de todos los lujos es el de poder andar, sin obstáculos de muebles o cuadros, entre tus propias paredes desnudas. Pues, no importa lo pequeña que sea tu habitación, mientras tu ojo pueda deslizarse libremente a su alrededor, el espacio abarcado no tiene límites. Repetía, en efecto, la premisa subyacente al monacato medieval, según la cual el monje encerrado en su celda era libre para viajar a cualquier lugar.

Hace unos cinco años, sin la menor advertencia previa sobre lo que podía esperar, me llevaron a un apartamento en una hilera de casas victorianas señoriales, pero un tanto decrépitas, y me hallé en una habitación en la que, me pareció a mí, las notas eran casi perfectas.

Era la primera obra realizada de John Pawson; y, sin embargo, el resultado de quince años de intensa reflexión sobre cómo podría ser una habitación así. Sentí que ahí había finalmente alguien que había comprendido que una habitación –cualquier habitación, en cualquier parte– ha de ser un espacio donde se pueda soñar. Era la genuina expresión de una habitación con “wabi”. Caminé entre sus paredes, contemplando sus planos, sombras y proporciones en un estado de cercano júbilo.

Pawson procede de una dinastía de laboriosos industriales de Yorkshire. Le enviaron a Eton con su acento de Yorkshire, y se empeñó en dormir en una hamaca de tela blanca. A la edad de veinticinco años, tras siete en el negocio de su familia, dejó Inglaterra para marchar a Japón, donde enseñó en la Universidad de Nagoya. Acostumbró su mirada a los edificios japoneses; de los templos más venerados a las más humildes casas de los campesinos. A su amistad con el arquitecto Shiro Kuramata le debe la intuición de que los experimentos más osados con nuevos materiales y nuevas tecnologías son posibles, sin necesidad de sacrificar el espíritu de pobreza. Para vivir en uno de sus interiores no se puede ser perezoso o mentalmente perezoso: se requiere cierto acto de voluntad. Pero no una mentalidad de cilicio. Esta clase de reducción no es la antítesis del placer, sino estimulante y placentera. Cualquier cosa que se decida conservar tendrá que demostrar siempre su valor. Cualquier cosa inútil que se elimine representará una ganancia.

Mark Rothko en 1961.

WABI. Bruce Chatwin

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