INVICTOS. Félix de Azúa

La Leica de Alexander Ródchenko y su cuaderno de notas para la cubierta de la revista Jurnalist, 1930.

Sin darle importancia, y tras recibir el premio Mies van der Rohe, el arquitecto Peter Zumthor dijo que sólo se dedica a “hacer casas para los demás”. En las montañas suizas hay una iglesia en donde la madera parece seguir viva aunque ahora forma muros, suelos y vigas. La hizo Zumthor, pero si los árboles tuviesen manos, ojos y cerebro no habrían construido algo distinto. Algunos arquitectos logran tal fraternidad con los materiales que se convierten en puros transmisores entre la tierra y los hombres que tratamos de habitarla. Ellos justifican un oficio que desde su origen inventa lugares y sugiere cómo vivir en ellos.

Fue un colega suyo, Ricard Balcells, quien me descubrió a Zumthor. Hace años nos cazó una ola de frío en Florencia. La calle estaba a 10 bajo cero y por lo tanto vacía. Era la ocasión para admirar las perspectivas y los edificios sin ser estrujado por millones de turistas. Cada diez minutos salía yo del café donde me había refugiado con nuestras amigas y arrastraba a su interior a un Ricard ya de color azul violáceo. Entre todos le dábamos unas friegas, se tragaba un ponche de mandarina, y se lanzaba de nuevo de cabeza a la congelación forcejeando con quienes trataban de retenerle. Horas más tarde hubo que inyectarle adrenalina y por poco se nos muere, pero en sus ojos bailaban todos los palacios de Florencia. Se había hecho piedra en Florencia, como Zumthor se hizo madera en Suiza.

“Me interesa mucho más el arte que el espectáculo”, dijo también Zumhtor, respetando una diferencia que parece extinguida. A pesar de la presión que soportan para convertirse en unos irresponsables, algunos arquitectos no se rinden. Incluso en plena guerra alguien ha de cuidar de que las tiendas de campaña sean amplias, estén bien orientadas y con las lonas bien tensas. Un arquitecto.

INVICTOS. Félix de Azúa

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