DONDE SE ASEGURA QUE UN PISO NO ES UNA CASA. Ángel González García

Capilla en el Camino de Santiago, Francisco Javier Saénz de Oíza, José Luis Romaní, Jorge Oteiza, 1954.

“Si una persona se aísla, se encierra entre cuatro muros, o sea, se sustrae a la luz, al ruido, acción eléctrica, olores, emanaciones deletéreas de los árboles y animales, temperaturas, golpes por proyectiles; si consigue llegar al máximo de sistema cerrado o sea mínimo de cosmos –hay esperanza de suprimir hasta la gravitación–, si se consigue llegar  al  hombre-diamante, es decir, rodeado por mecanismos aisladores, entonces el hombre puede llegar a vivir diez mil años”.

Adriana Buenos Aires  (Última novela mala). Macedonio Fernández.

Camino de casa

Todos los caminos, por largos o accidentados que sean, llevan a casa. Sólo por traernos a ella merecen ese nombre. Lovecraft ha contado las espeluznantes aventuras de uno que salió de su casa para buscar la de los dioses y se la encontró vacía. Los dioses la habían dejado por la suya… Podría intentar otras interpretaciones de esta historia, pero me voy a contentar aquí con la más ingenua: si a menudo admiramos la casa de otro, es porque ésa que creíamos nuestra no lo era propiamente o no lo era en absoluto. ¡Vamos!, que llamábamos casa a lo que sólo era un piso en la ciudad o una habitación de hotel.

En la habitación del hotel

Hace tiempo escribí sobre habitaciones con una simpatía que ahora encuentro impertinente, aunque sigo creyendo, como entonces, que habitar vale, tal vez, por haber o poseer, y que una habitación no es sino el lugar donde se ejercita y raramente realiza la posesión: de la habitación misma y de lo que ella contiene. Todo comienza, en efecto, por tener una habitación propia, sin que importe mucho por cuánto tiempo. De hecho, la que conseguimos por unas horas o unos días en un hotel no amortigua el imperativo deseo de poseer que implica el habitar, sino que lo exagera y exacerba hasta volverlo un tener, y tener bien cogido; un agarrar que pervierte el sereno poseer que el viajero se figura haber realizado a sus anchas en la habitación de donde viene, y cree, no sin motivos, más suya y más segura que esta otra, efímera y hostil. Así que, cuando vuelve a su hotel en medio de la noche, agarra inquieto el picaporte de la puerta de su habitación, aunque le basta con abrir la una para que la otra se ilumine y se le ofrezca franca y completamente, sin recovecos ni escondites. Encontrarse con que la cama es una prolongación del cabecero, y éste a su vez un apéndice del armario que sostiene la mesa donde aparece empotrado el minibar, le hará menos punzante la nostalgia de su propia habitación al apagar la luz de ésta de hotel en una ciudad extraña. En medio de la oscuridad, y poco importa dónde, el crujido de las tarimas, el golpear de las ventanas con el viento o el rumor de una gotera nos llevan a temer que la casa se disgrega y echa a perder, cuando no es más que el despertar de sus energías dormidas, o tal vez sólo reprimidas por este tener, y tenerlo todo bien cogido, en que ha venido a dar el poseer que implica el habitar. El viajero despierta sobresaltado en plena noche, y al encender la luz de la habitación, se dice con alivio: “¡Te cogí!”. La del día ya empieza a entrar por la ventana mal cerrada, y con esa misma claridad recuerda que la comanda del desayuno cuelga del picaporte con órdenes precisas. ¡Bendito picaporte que le permite tenerlo todo cogido y bien cogido!

Tan lejos de su casa, ¿quién le reprocharía al viajero agarrarse a la impecable y confortable sucesión de cosas que, desde el picaporte hasta el interruptor de la luz, constituye la habitación de un hotel? La perversión del habitar que allí se impone parecería destinada a consolarlo de la suspensión de sus hábitos domésticos, si no fuera porque la habitación que considera propia e impropiamente llama casa constituye también una sucesión de cosas sin juntas aparentes que malamente podría justificarse en nombre de la higiene o del confort. Todas las que constituyen esa casa aparecen, en efecto, cogidas las unas a las otras, agarradas entre sí por agarraderas que son a su vez cosas, y seguramente mucho más necesarias y apremiantes que las que agarran y conectan; cosas que juntan, y sobre todo: cosas que ocultan las junturas. En esto, y apenas nada más que en esto, una especie de ciencia de las junturas, consiste ahora aquel viejo saber de la casa, o economía, que aconsejaba mediar en lo discontinuo sin dejar de recrearlo.

El bricolaje sin secretos

Era en verdad un gay saber de la discontinuidad, y no como el de ahora, que es un huraño saber del tenerlo todo cogido y bien cogido; una continuidad hecha de tacos y tornillos, cables y tubos, imanes y contrapesos. El sueño del bricoleur no es otro que el que espera al viajero en la habitación del hotel: tenerlo todo tan bien cogido, que un solo y leve movimiento ponga en marcha su compacta y estanca machine á habiter, que nada se le resista ni por asomo; que todo venga a consolarlo de no tener nada. Porque es precisamente el ejercicio de la posesión lo que paradójicamente se atasca en estas habitaciones donde todo parece perfectamente engranado y rematadamente sometido a las órdenes de sus habitantes. Su “casa” es para ellos como un perro obediente y solícito; de ahí esas fantasías telemáticas donde las puertas se abren con la voz, y se encienden las luces y el televisor, y la cocina se pone a tostar pan y a exprimir naranjas. La presunción de que los perros obedecen a sus dueños es uno de los innumerables testimonios de la enajenación que afecta a los habitantes de lo continuo, extrañados siempre de la arrogante discontinuidad que rige fuera del circuito de órdenes en que se han convertido tanto las casas como las ciudades, donde lo discontinuo suele considerarse una amenaza. Pero quien se extraña y aísla de los peligros de lo discontinuo, males sin duda, y a veces mucho mayores que los que vienen de un perro insumiso, lo hace también de sus encantos innumerables. La hierba que asoma entre las juntas mal selladas de la casa es el emisario más elocuente de esos encantos; pero también el zumbido de las avispas bajo las tejas o los caminos del ratón entre la parra: emisarios de un poseer que no se desanima porque las cosas se resistan a ser completamente poseídas; que sabe desviarse o suspenderse. Como cuando en una noche de verano entrevemos la carrera precipitada de una salamanquesa por la pared; que no por esconderse en las juntas mal selladas de nuestra casa la salamanquesa nos pertenece, o al menos no de la misma manera que todas aquellas cosas que teníamos cogidas, y bien cogidas, en la habitación del hotel, o en la que por una perversión del habitar llamamos casa. Tampoco nos pertenecen de esa manera los pájaros que vienen a posarse en el antepecho de la ventana, ni los grillos que cantan en el jardín, ni la lluvia que escapa por la vertiente, ni la noche que mete su brazo por el balcón, como decía el poeta, ni el sol, ni las estrellas, y sin embargo son el mayor ornato y tesoro de la casa, espejo de lo que sólo nos pertenece para reflejarse en ella.

Al fin en casa

¿Qué propiedad habrá más tentadora que ésta refleja, a un mismo tiempo constante y caprichosa? No la afecta el abandono de la casa, ni tampoco la ruina de sus muros, ni las fogatas que los vagabundos encienden bajo su techo. La fuerte y a menudo irresistible atracción que ejercen las casas abandonadas se debe seguramente a que nunca dejan de ser recipientes de todas las delicias del mundo; ni siquiera cuando en ellas ha ocurrido algo terrible o misterioso. De hecho, si cuentan que ésas las habitan fantasmas, es porque creemos que no hay casa tan mísera como para estar deshabitada. Y en efecto, por mísera que parezca, siempre habrá alguno que al pasar a su lado y ver que ni los pájaros, ni los grillos, ni la lluvia, ni la noche, ni el sol, ni las estrellas, la han abandonado, se dice: “¡Aquí me gustaría vivir!”.

Las casas nos hacen señas, y en algunas ocasiones casi diríamos que nos llaman. La luz cuchichea en el jardín: “¡Escucha; no sigas adelante!”. La fisonomía de la casa es a veces tan vivaz, y tan grande su poder de atracción, que la literatura de terror no ha podido dejar de ocuparse de ello. Las ventanas nos miran como si nos reconocieran. Con los años, la cara estereotipada e inescrutable que de niños le ponemos a la casa en nuestros dibujos se va animando y dislocando, hasta parecer un cuerpo más que una cara; pero ese cuerpo nos solicita con más firmeza aún. Por consolarnos, la casa disimula entonces un interior, una fisiología; ella, que sólo por su aspecto exterior nos encantó. Cuando no flaquea de un lado, se duele de otro; exhibe heridas y fracturas inimaginables; toda ella se perturba y nos perturba; en fin, que se aprovecha, y hasta abusa, de nuestra ignorancia de aquel viejo saber de la casa que llamaban economía.

Un tratadista romano de materia tan movediza aconsejaba no gastar en la construcción de una casa más de lo que dieran en un año sus campos y sus huertos. Ahora, en cambio, la casa se lleva tantos caudales, trabajos y desvelos como los delicados y antojadizos sistemas de continuidad de los que hablaba más arriba. Y todo ello, por cierto, para nada; porque la casa no es, como suele creerse desde hace no mucho tiempo, un lugar defendido a cualquier precio del fragor de lo discontinuo, el desolado castillo de los ingleses o el cálido organismo envolvente cuyas funciones apenas disimula la palabra confort, sino una especie de teatrillo o de escenario; un decorado. Más aún: la casa no es el interior acolchado que empiezan a enseñar las conversation pieces del siglo XVIII, algo así como el salón forrado de “muaré botón de oro con lazos de color fuego” donde Madame du Deffand acabó por arrepentirse de haber nacido, sino el exterior, hueco y resonante como un tambor, de la Villa Rotonda de Palladio, transparente y expuesto, como en la Casa Farnsworth de Mies: pura exterioridad donde se recortan y reflejan nuestros rodeos, no muy distintos de los del sol, las nubes o los pájaros. De manera que la casa no nos pertenece mucho más de lo que nosotros le pertenecemos a ella. La casa, en realidad, está para ser vista desde fuera, y nunca nos alegra tanto su visión como de lejos; desde lo alto de un monte cercano o desde un recodo del camino que lleva, poco a poco, hasta ella… Ella es la que está lejos; de ahí que, una vez dentro, el deseo de salir y verla desde fuera, con cualquier pretexto y siquiera por un momento, se vuelva incesante e irrefrenable. Sobre todo con buen tiempo, cuando la casa, abierta de par en par, ligera y flotante como una tienda, saca y derrama a su alrededor todo lo que no sea un último y firme reducto de sombra: mesas, sillas y enseres de todas clases. La casa se vacía, y sólo ya entrada la noche, de puntillas y en silencio, nos atrevemos a quebrantar ese vacío, húmedo y fresco como el de un ojo cuya retina fueran las puertas. Nuestra mirada las cruza para ir de un lado a otro de la casa, de la luz a la sombra o del patio al jardín, y al cruzarlas, se dilata y refresca en ese humor cristalino. Por un instante parece querer detenerse ahí pero pronto encuentra la salida. Es como si la casa correspondiera a nuestras continuas y solícitas miradas haciéndolas más penetrantes y perspicaces. ¡Y cuántas veces en efecto, al caer la noche y pasar por delante de una casa cuyos habitantes habían sacado una silla a la puerta o estaban de palique en el umbral, hemos mirado en el zaguán y visto con regocijo inesperado cosas que sólo por ser vistas a través de esa puerta nos parecieron de pronto maravillosas, y con los ojos entrado un poco más y entrevisto al fondo un patio con los restos de una cena sobre la mesa, y un televisor encendido que nadie miraba, porque quienes tendrían que haberlo hecho estaban fuera para que así nosotros pudiéramos ver lo que había dentro! De una ojeada todo fue nuestro por un instante. ¡Buenas noches…! ¡Buenas noches…!

Figuras a la puerta… En la superficie temblorosa de su umbral se urden encuentros y despedidas; se aprietan sensaciones y sentimientos: los pasos en la grava, la brasa de un cigarrillo, la inquietud de los perros y la voz segura del arao. “¿Quién anda ahí?”. Y el recién llegado aún anda unos pasos más antes de decir su nombre. La casa no volverá a parecerle tan próxima e intrigante; hasta que se vaya. ¡Buenas noches..! ¡Buenas noches…!

El secuestrado de Vía Giulia

Mario Praz descubrió Via Giulia durante sus años de estudiante de leyes en Roma, allá por 1917. Huésped de escuálidas pensiones, a Praz se le iban los ojos a través de los patios de los grandes palacios de esta calle “tranquila y señorial”, como aquel del Palazzo Ricci donde al cabo de los años encontraría un estupendo apartamento en alquiler. Praz lo llamaría “la casa de la vida”, pues no en vano la había buscado buena parte de la suya, y en ella fue disponiendo con grandísimas cavilaciones sus muebles, cuadros, estatuas y objetos de estilo imperio, hasta formar un extraordinario conjunto que describió en un libro, de considerable volumen y lectura algo fatigosa, donde se encaraba con los connaisseurs que solamente veían en su casa de Via Giulia el tipo de cosas que uno puede encontrar en mercadillos y almonedas. Lo hacía, desde luego, confiado en su fabulosa y a menudo fabuladora erudición. Gracias a ella, una espada herrumbrosa resultaba ser, en realidad, o en esa casa, la que un mariscal de Francia rindió en una escaramuza intrascendente cerca de Eylau; y un abanico roto, el que con tanta gracia lució una noche la marquesa de S… en casa del príncipe Murat. Los que se burlaban de sus dudosos criterios estéticos salían así burdos por sus abrumadores conocimientos históricos, que es como decir que la discontinuidad en que la belleza consiste ya no tiene muchas fuerzas para resistirse a la continuidad que la Historia impone. Praz tenía tan bien cogidas todas sus chucherías neoclásicas en el Palazzo Ricci, que cuando en 1969 hubo de mudarse a Palazzo Primoli, cogidas y bien cogidas siguieron; que no hay seguramente como la Historia para lograrlo, sin que el cambio de lugar, escala y orden aflojara su agarrar, férreo y sofocante hasta el extremo de hacer la vida muy difícil  “The House of Anti-Life” llamó Cyril Connolly a La Casa della Vita de Praz… Y en efecto, esa misma Historia que en ella tenía sujetas las cosas sujetaba también a su dueño, famoso en toda Roma por ser causa involuntaria y fatal de mala suerte; como la Historia precisamente… Desterrado del magnífico Palazzo Med, cuya fachada había pintado Polidoro da Caravaggio, al pomposo y un poco aburguesado Palazzo Primoli, no dejó Praz de consolarse con la envolvente omnipresencia de la Historia: allí donde mirase, allí se la encontraba agarrándolo todo y todo teniéndolo tan junto y acogotado, que no podía asomar entre las cosas nada más que la universal continuidad de la Historia.

En el interior hipertrofiado, casi monstruoso, de esa Casa de la Historia que Visconti recreó deliberada y no si maliciosamente en su Ritratto di famiglia in un interno, Mario Praz me trae el recuerdo deprimente de aquella pobre Mélanie Bastian, “la secuestrada de Poitiers”, cuyo caso hizo célebre André Gide. Durante años, Mélanie vivió encerrada en una habitación oscura y nauseabunda, aunque nada hace pensar que por la fuerza. Le traían comida de un hotel regularmente, pero allí seguían las conchas de las ostras y los huesos de los pollos cuando la policía se la encontró en condiciones indescriptibles. Se sentía muy a gusto aseada y vestida decentemente en la habitación soleada y ventilada donde la instalaron; y sin embargo, nunca dejó de acordarse con cariño de aquella otra, verdaderamente horrenda, de la que había sido rescatada: “¡Oh, mi querida cuevecita, ni por todo el oro del mundo quisiera abandonarla ni por un momento!”, decía en su delirio. La llamaba “querido buen gran fondo”; o incluso: “mi querido gran fondo Malampia”… A los que se preguntaban qué es lo que Bastian quería decir con eso, yo les hubiera respondido que precisamente eso: “fondo”… Pero no porque Mélanie Bastian hubiera tocado fondo en su triste vida de secuestrada, sino porque en ese “fondo” vivió acostada durante veinticinco años: su querido buen gran “fondo”… “¡Malampia!” ¿Cómo podría haber llamado a lo que no era tanto un lugar, como un extraño y extremado modo de vida? “Malampia” fue sin duda la casa de la vida de la desdichada Mélanie Bastian. Fondo; saco; habitación… Lo que en ella encontró la policía y el juez registró en su acta, decrépito y manchado, deleznable, sólo se hubiera podido distinguir de lo que Praz tenía en su apartamento de Palazzo Ricci en que parecía haberse soltado de la Historia y caído en la mugre, que a su manera le tenía todo bien junto. La mugre se extendía por suelos y paredes, trepaba hasta la cama de Mélanie, se enredaba en su pelo, formando con él una masa espesa de más de siete kilos, y finalmente ensuciaba el trapo que, según contaron algunos testigos, la secuestrada se aferraba y con el cual solía cubrirse la cabeza. Hablaba de ese trapo con tanto cariño como de su “querido gran fondo Malampia”; tal vez porque en el fondo eran lo mismo: “Querido trapito”… ¿Quién podría decir que Mélanie no lo tuvo allí todo cogido, y bien cogido? A Gide le hubiera gustado hojear los libros que aparecieron en “Malampia”, pero se fueron con la mugre que los tenía agarrados… “Querido trapito”…

En una fotografía de la época, los vecinos de Mélanie Bastian escrutan en vano las ventanas de su habitación. Si durante años pasaron por delante sin ver nada, ¿qué es lo que podrían ver ahora? La fisonomía de este caso hay que buscarla en las actas del tribunal, y no en la fachada de esa casa de Poitiers, tan inexpresiva, que no me extrañaría que los vecinos que se agolpan en la calle estuvieran mirando en la dirección equivocada. Todo aquello ocurrió en un completo interior, en una “casa sin ventanas ni puertas”, como las que aparecen en algunas películas alemanas de las que llaman expresionistas, o como la que Schwitters se construyó en el interior de su piso de Hannover y llamó, sin asomo de piedad, “catedral de la miseria erótica”.

La puerta de atrás

Con la llegada de la primavera Issa Kobayashi escribía en Cincuenta haikus:

“La puerta trasera

se abre sola.

¡Día alargado!”

Ricardo de la Fuente, por cuya edición cito este haiku, cree que la puerta se abrió sola porque la casa del poeta era tan “pobre, desaseada y desvencijada”, que las juntas cedían y nada encajaba ya en su sitio. Pero la primavera llega sin que sepamos cómo, y es ella la que un buen día abre de pronto la puerta de atrás y nos descubre el retraso del sol en su camino hacia el poniente. En casa de Issa la puerta de atrás debió estar orientada en esa dirección. De haber encajado mejor, el poeta, probablemente absorto en sus meditaciones, no habría caído en la cuenta de que el invierno había pasado… Como la hierba que asomaba entre las juntas mal selladas de la casa o el zumbido de las avispas bajo las tejas, esta luz de primavera que empuja tercamente la puerta de atrás y saca al poeta de su ensimismamiento es un emisario de los encantos de lo discontinuo. No sé si la casa de Issa era “pobre y desvencijada”, pero tenía dos puertas por las que entraba y salía la luz que iluminó aquel haiku, aunque también el aire desapacible que corre por este otro:

“Siento frío

cada vez que me apoyo.

¡Vigas de la casa!”

Es, pues, harto probable que un día de otoño la puerta de atrás se abriera sola y de pronto Issa descubriera que los días se habían vuelto más cortos.

La casa: su idea

Desde luego, una idea de casa no es todavía una casa; pero más vale tener alguna, por “pobre, desaseada y desvencijada” que sea, que avenirse a esa ideología, o falsa idea de lo continuo, según la cual un piso es como una casa, y habitar, como tenerlo todo cogido y bien cogido. Claro que, de tener algo, mejor que una idea de casa sería tenerle echado el ojo a alguna, y andar ya en tratos, o en cábalas al menos, para hacerse con ella.

Capilla del Camino de Santiago, collage presentado al Premio Nacional de Arquitectura de 1954, gouache explicando la sección de la tela plegada y el friso de Jorge Oteiza.

DONDE SE ASEGURA QUE UN PISO NO ES UNA CASA. Ángel González García

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