MAQUETAS. Pablo Olías

Alexander Calder trabajando en Cirque Calder, fotografía de André Kerstez, 1929.

Pablo Olías es arquitecto. Colabora con diversos estudios de arquitectura realizando maquetas para concursos. Entre proyectos y maquetas construye marionetas, viaja por el mundo representado sus propias obras. Su texto está escrito en el cuaderno que lleva en su equipaje. A la espera de su vuelta, en las páginas que siguen incluimos un fragmento extraído de Calder´s Circus (Jean Lipman, E.P. Dutton. Nueva York, 1972).

Fui al circo Hermanos Ringling y Barnum & Bailey. Estuve dos semanas enteras allí prácticamente cada día y noche. Podía averiguar por la música la actuación que se estaba llevando a cabo y me apresuraba a situarme en algún punto estratégico. Algunos actos se veían mejor desde arriba y otros desde abajo. Al final de esas dos semanas, llevé una composición a media página a Police Gazette y Robinson dijo: “No podemos hacer nada con esta gente, los bastardos no nos mandan nunca ningún ticket”…

Siempre amé el circo. Solía ir en Nueva York cuando trabajaba para la Police Gazette. Tenía un pase y fui todos los días durante dos semanas, así que decidí hacer un circo tan sólo por la diversión de hacerlo. Empecé el circo para mí mismo. Frances Robbins, una mujer americana, fue a verlo, luego ella envió a una mujer inglesa, Mary Butts, quien a su vez mandó a Cocteau. Este último estaba entusiasmado. Empezó a hacer máscaras de tubos limpios, pero eran un poco blandos…

Antes de mi regreso a Nueva York, en el otoño de 1927, quise llevar mi circo conmigo, y tuve que enviar las dos maletas que tenía para enseñarlo (había crecido hasta cinco veces desde entonces) a la Aduana Central de París. A todos los artistas le estampaban un sello de goma en el trasero. Algunos todavía llevan trazos de esta marca…

En la primavera de 1929, un fotógrafo llamado Sacha Stone vino a la calle Cels para ver mi circo. Él vivía en Berlín y me propuso ir a visitarlo.

Alguien de Baltimore irrumpió en mi negocio y organizó un show en la galería de Eddie Warburg en Harvard. Warburg y Kirsteins habían alquilado un piso en un edificio de oficinas cruzando la calle desde la facultad. Repetí mi repertorio de los días de Berlín, pero Eddie protestó porque llegué sin nada, salvo un rollo de alambres y un par de alicates en mi bolsillo. Tuve que admitir parte de verdad en esto último, puesto que siempre había viajado con un rollo de alambre y un par de alicates. Me llevé el circo un poco más lejos, y se lo mostré a los chicos de Harvard… Louisa llegó casi al mismo tiempo que Frederick Kiesler (un arquitecto vienés que había hecho algunas cosas en París y después en Nueva York) estaba teniendo una aventura con mi circo. Desde hacía algunos años, Kiesler conocía a Fernad Léger, a Carl Einstein, el crítico; a Le Corbusier, a Mondrian, y a Van Doesburg. Me dio una lista con las personas a las que tenía que invitar al circo, así que los invité a todos a la misma noche, en la Villa Brune. Otro Einstein, éste de St. Louis tenía que ser mi director de orquesta, (vi a Kiesler antes de la actuación, y había una gran consternación debido a que había invitado a Van Doesburg con los otros; al parecer, era amigo de Mondrian pero un poco distante de Carl Einstein y puede que de Léger; ese mundo era París, y nunca entendí las batallas de esas camarillas) y de alguna forma u otra recordé lejanamente todo esto. Pero Kiesler insistió en que debíamos evitar a Van Doesburg a toda costa, así que finalmente le enviamos un telegrama, explicándole que había algún error y que podría venir al día siguiente. Kiesler y su banda vinieron al circo, y ahora no recuerdo ninguna impresión por su parte. Sin embargo, Léger estaba interesado en lo que hacía y nos convertimos en muy buenos amigos. Al día siguiente, Van Doesburg vino con su mujer Petro, a quien Louisa y yo tomamos mucho cariño. Trajeron también dos perros pequeños (que corrían y ladraban con cada disparo de pistola o golpe de címbalos). Pero tuve la misma reacción de Doesburg que de la banda entera de la noche anterior… El Einstein de St. Louis tenía nociones de toda esa gente que había ido recogiendo de libros.

Un día después Van Doesburg llamó a Mondrian. Regresó a la Villa Brune y me volvió a contar maravillas, así que fui con él a ver a Mondrian… Yo estaba haciendo parte del estudio cerrado al espacio donde vivíamos, trabajando durante horas cada día, pero sintiéndonos libres de parar si algo valioso ocurría a la vez. Una vez mientras arrastraba el banco de trabajo, los uní con tablas, e hice las gradas para el circo, y pudimos tenerlo durante tres días funcionando. A veces, teníamos cerca de cien personas. Había algunos aficionados regulares y ocasionalmente alguien nuevo; otros venían a veces acompañados. En la primera fila siempre había espacio reservado para la tía abuela de Louisa, Mrs. Alice Cuyler, que era mayor pero también entusiasta.

En otra ocasión, los Nelsons en Varengeville se esperaban un Calder alegre. Llegué con un rostro algo descompuesto, y ellos se preguntaban cuál era el problema. Éramos los últimos del barco, debido al volumen de nuestros equipajes. El aduanero nos preguntó: “¿Dónde terminan sus cosas? ¿Aquí?” Y yo respondí: “No, hacia allí”. “¿Allí?”, dijo, señalando más lejos. Y dije: “No, hacia allí”. Lo primero que él abrió fue uno de mis petates del circo, y el dijo: “Ca, c´est du cirque”.

Al final, él pasó todo.

Alexander Calder en su estudio, Saché, agosto 1967.
MAQUETAS. Pablo Olías
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