CASI UNA UTOPÍA. Luis Landero

Jean-Michel Basquiat fotografiado en su estudio de Harlem, 1982. James Van Der Zee.

Me gusta divagar sobre la arquitectura. Un día, leyendo un libro de Antonio Fernández Alba, pensé que eso me ocurre porque en cierto modo yo provengo de una familia de arquitectos. Quiero decir que mis antepasados eran campesinos que construyeron sus propias casas.

Ellos las idearon, arrebataron los materiales a una tierra generalmente hostil, abrieron trochas por donde acarrearlos, cavaron los cimientos y finalmente alzaron su vivienda. Algo de pioneros había en ellos, y algo de épico o primordial en todo ese quehacer. Se trataba de viviendas para vivir, funcionales hasta donde ese concepto era válido entonces, pero con ciertos añadidos estéticos llamados a dejar en la obra la firma del artífice. Un zócalo, una crestería, el remate de una chimenea, la teja que adquiría la inclinación insolente o gentil del sombrero en día de cortejo, o cualquier otro capricho, venían a ser signos festivos, y un tanto dispendiosos, que por un lado añadían al trabajo un toque de jocosidad al final de la brega, y que por otro dejaban allí el sello de lo singular, de lo único, sin el cual no hay estética ni consuelo posibles.

No se trataba, claro está, de transgresión: era sólo un leve subrayado, un humilde maniobrar en los márgenes del estilo canónico de la época. Y era también una afirmación de la vida, algo de danza primaveral al final de un duro invierno de labor.

Estaba, pues, leyendo y mirando el libro de Antonio Fernández Alba y de pronto (por una de esas analogías de la memoria que nadie ha sabido indagar mejor que Proust) recordé que en mi pueblo, que es un pueblo rayano con Portugal, se usaba mucho la expresión “hacer las cosas con jeito“. “¡Qué poco jeito tienes!”, me reprendía mi madre cuando yo hacía algo de un modo atropellado, de mala gana, o lo dejaba a medio hacer. Esa palabra no existe oficialmente en castellano. En castellano hay un jeito que, según la Academia, significa “red para la pesca de la anchoa o la sardina”. Pero el jeito que usaban mis mayores, como llegué a saber mucho tiempo después, era una palabra tomada en crudo del portugués jeitu, que significa “disposición, actitud, gesto, modo, manera, con que se hacen las cosas”. Una palabra muy sutil, una obra maestra de la semántica: el producto decantado por muchos siglos de vida y de refinamiento cultural. De ahí proviene el gallego xeitoso: “gracioso, gentil”.

Hacer las cosas con jeito es, por consiguiente, hacer las cosas bien, con gentileza, y no tanto por un interés inmediato sino porque sí, por el puro gusto de hacerlas bien, por oponer a la brevedad de la vida y al caos del mundo la apariencia de un orden o de una belleza perdurables, o simplemente por la satisfacción de poner lo mejor de uno mismo en lo mínimo que se haga, como dice Pessoa.

A veces va uno por el campo y encuentra paredes de piedra o de pizarra construidas por gentes anónimas muchos años atrás. Yo vi levantar algunas en mi infancia y recuerdo el cuidado con que el albañil, casi orfebre, elegía y encajaba las piezas. Cualquier pared medianamente sólida habría servido para cercar una tierra. Pero no: había que hacer las cosas con arte, con finura, con jeito. Ése era el añadido que confería brillo al instante, que hacía único e irreemplazable al hacedor. Y tal era el nudo donde raramente la estética y la ética juntaban sus fuerzas en un único y solidario afán. Con jeito se tejían los pobres los capotes de juncos para protegerse de las lluvias (y que tenían un empaque de capas pluviales en día de gran liturgia), o los garlitos para pescar en los regatos, cuyo diseño y pompa parecían más hechos para atrapar tritones y sirenas que no los insignificantes barbitos y bogas que se estilaban por allí.

Jeito, pues. Alguien que empieza a tocar la gaita, y aún no sabe gran cosa del oficio pero pone en él gracia y dedicación, y por supuesto fe, es una persona xeitosa. El niño, que juega en soledad y se esmera en lo suyo, sin necesidad de ser mirado ni admirado, nos resulta xeitoso. Y también lo es Sócrates, y con qué profunda levedad, cuando aprende a tocar un aire de flauta en su última noche de condenado a muerte. Sigo hojeando el libro: Antonio Fernández Alba —y no hay más que ver sus dibujos y el delicado fluir de su escritura—, además de sabio es un hombre con jeito.

De niños nos decían que había que hacer las cosas siempre bien porque Dios nos estaba observando y juzgando en todo instante. Pero a los que no somos creyentes nos basta a veces con creer en el valor que de por sí tienen las cosas bien hechas para hacerlas por eso mismo lo mejor que sepamos. En Dios lo ve, Óscar Tusquets analiza obras arquitectónicas donde hay detalles magníficos en emplazamientos recónditos, medio secretos, que escapan a la mirada del curioso. ¿Para qué se hicieron entonces, y por qué tanto esmero en algo que parece nacer con vocación de anonimato? Pues justamente por eso, por puro jeito, por el misterioso y morboso placer de hacer las cosas lo mejor posible, por ese anhelo de perfección que hay en todos cuantos no creen en Dios pero fingen que Dios existe y algún día juzgará nuestra obra. Hay un modo modesto, desesperado, y siempre irónico, de sabernos efímeros y de no renunciar del todo al sueño instintivo de la inmortalidad.

Hoy, que tanto se tiende a despachar las tareas deprisa y de cualquier manera, y muy a menudo por el ansia del dinero y la fama, quizá sea un buen momento para volver los ojos a esa palabra, jeito, que tras su aspecto pobre y estrafalario esconde el programa de una utopía posible, o por lo menos verosímil. A uno no le gustan nada las moralejas, pero cierras el libro y de pronto sientes un no sé qué de pena por muchos que, pudiendo ser xeitosos, han optado por la vulgaridad de ser sólo exitosos o meramente ricos.

El País, 5 de noviembre de 2002.

Paul Klee en su atelier de la Bauhaus, Weimar, 1922.

CASI UNA UTOPÍA. Luis Landero

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