SECCIONES VISITADAS. Emilio Tuñón

 

Splitting, Gordon Matta-Clark, 1974.

“A causa de diferencias en los impuestos, los límites entre Bélgica y los Países Bajos están ocupados por un vasto número de villas que generan una ciudad lineal a lo largo de la frontera. La demanda del mercado ha precipitado una “mancha” de las casas-con-un-pequeño-jardín en Holanda. Los condicionantes políticos en Hong Kong generan “pilas” de casas alrededor de sus límites (…). Las regulaciones monumentales en Ámsterdam limitan la demanda de programas modernos, generando “montañas de programa” invisibles desde la calle detrás de las fachadas medievales (…). En la Défense de París, para evitar las normas de rascacielos, los programas masivos se manifiestan a sí mismos como zigurats con escaleras de acceso de 18 metros de altura, de tal manera que se pueda acceder a todas las oficinas con la longitud máxima de las escaleras de incendios. Cuestiones psicológicas, pautas anti-catástrofe, regulaciones de iluminación, tratamientos acústicos. Todas estas manifestaciones pueden ser vistas como “escenarios” de datos que hay tras ellas”. MVRDV

Farmax. Excursions on density. Maas, Winy. 010 Publishers. Rotterdam, 1998.

Desde hace muchos años estoy interesado por lo dual; la duplicidad de elementos, los diferentes sistemas de simetría, los objetos gemelos, la repetición conceptual, etc. Por ello viajé con interés, cuando me enteré de su construcción, para conocer la casa doble que el combativo grupo de arquitectos holandeses MVRDV había construido en Utrech… Tras bordear, con el automóvil, un magnífico parque del siglo XIX, en una plaza en las afueras de Utrecht reconocí fácilmente un enigmático prisma de madera que se había incrustado, como un parásito artesanal, en la trama de pequeñas construcciones residenciales existentes en la zona. Para el portador de ojos que buscan, sin saber muy bien por qué, razones y sinrazones de las construcciones y artificios, el objeto que tenía delante era una auténtica caja de sorpresas dispuesta para ser analizada, desmenuzada, diseccionada, para placer propio. La casa doble, construida fundamentalmente con madera y vidrio, presentaba una distribución aparentemente azarosa de huecos y macizos. Ampliamente perforada en sus caras longitudinales que se abrían a la plaza y a un jardín posterior, tenía, por contraste unos laterales menos permeables, evitando así, la desintegración total del prisma.

Como visitante meridional de un país del norte de Europa, (a pesar de conocer la necesidad espacial que, desde varios siglos atrás, tienen los pobladores de estas tierras de poseer grandes ventanales con los que cazar la máxima cantidad de luz exhibiendo, a su vez, el modo de vida de los propietarios a la opinión pública, en una suerte de puritanismo solidario que comparte sus propios espacios privados interiores), la excesiva apertura de la casa al exterior me inquietaba, pues resultaba, a primera vista, un edificio exhibicionista, en el que la voluntad de mostrar el interior era más fuerte que las inevitables consecuencias de esta transparencia. Pero un diseccionador, o un mirón, no se puede desanimar por la primera inquietud que le produzca un objeto, sino que, al contrario, esto debe servir de acicate para seguir adelante abandonando prejuicios vanos. Así que decidí introducirme en el interior de la caja de sorpresas, sin mayor reflexión sobre este objeto que, tras una primera mirada rápida, se nos mostraba bastante indescifrable.

Aparqué el automóvil a la derecha del conjunto, bajo la caja de madera. Un cuerpo vedaba la mirada directa del jardín situado en la parte posterior, me bajé del coche y retrocedí hasta la fachada principal accediendo, sin autorización alguna, a un espacio interior por una puerta de madera opaca. Rápidamente reconocí que me encontraba en el interior de una vivienda.

En el vestíbulo situado en la planta baja no existía más que una pequeña ventana que tomaba luz desde el garaje. Una trampilla daba acceso a un pequeño sótano de hormigón prefabricado. Desde el vestíbulo se podía acceder a un aseo ligado al vestíbulo y a un cuarto de huéspedes con un pequeño espacio con una ducha y un lavabo asociado. El cuarto de huéspedes se abría mediante una puerta de doble hoja de madera y vidrio sobre un patinillo en la parte trasera que se ocultaba del jardín por una caja de hormigón prefabricado cubierta de tierra. Una vez cotilleada toda la planta baja decidí comenzar a ascender; una escalera de hormigón prefabricada, con once peldaños, me llevó a una amplia cocina de forma trapezoidal alargada, acristalada a ambos lados, que estaba situada directamente sobre el garaje. Dos peldaños más arriba accedí al salón (piano nobile) desde donde miré al jardín posterior a través de una gran cristalera, y al girar la vista pude percibir, desde la altura, los grandes árboles de la plaza y el parque. Entendido este espacio retomé otra vez una escalera de madera, doce escalones, y llegué a un puente de hormigón que daba paso a dos pequeños dormitorios cerrados y con una única ventana vertical, y un pequeñísimo aseo común. Vistos los dormitorios, pequeños y convencionales, continué subiendo por la misma escalera, otros doce escalones, y llegué a una polivalente zona de taller-dormitorio construida en dos niveles separados por dos peldaños. Primero entré a un cuarto amplio, el taller, de forma similar a la de la cocina, acristalado a ambos lados y con otra pequeña apertura lateral. Desde este espacio pude pasar a otros dos espacios diferenciados (dormitorio y vestidor) a cada lado. Entre los dos espacios existía un núcleo de aseo formado por un cuarto dotado con una ducha y un baño, y otros dos más pequeños que albergaban la lavadora y el inodoro respectivamente. De vuelta al taller pude observar una escalera de pates que, desde el centro del cuarto, ascendía a la cubierta. No pudiéndolo resistir, subí por esta escalera, abrí un lucernario móvil de policarbonato y desembarqué en la terraza-cubierta, desde donde se podían apreciar las cubiertas de las construcciones vecinas, el parque y el jardín. Una bella vista al final del dilatado y diversificado recorrido por esta casa me hizo recomponer los diferentes volúmenes encadenados, tomando conciencia de que me faltaba por recorrer el volumen complementario que debía ensamblarse con lo recorrido para generar la forma prismática única que se podía percibir desde el exterior. Sobre un recrecido, situado a la derecha, existía un patio excavado en la cubierta; en realidad, como pude comprobar inmediatamente, se trataba de otra terraza; pero esta vez oculta por las fachadas de la construcción. Haciendo gala de una actitud atlética, que toda persona curiosa debe tener, salté al interior de este patio-terraza, y, mientras caía, caí en la cuenta de que el objeto que estaba visitando era una casa doble, luego esto podría ser el acceso, la llave para entrar en la segunda casa. Desde la terraza, forzando un poco la puerta de la cristalera que formaba el paño del patio, accedí a otro amplio cuarto de baño con ducha inodoro, lavabo y lavadora. Este último electrodoméstico me dio la idea de que el patio que habíamos dejado atrás tal vez fuera simplemente un tendedero. Salí del cuarto de baño y comencé a bajar por una escalera embutido entre paneles de aglomerado. Una cierta sensación de vértigo me invadió al reconocer la altura a la que nos encontrábamos y al sentir como todo el espacio (casi cinco plantas) era recorrido por un vacío serpenteante y continuo. (Con el vértigo me vino a la cabeza el anterior recorrido interior, ¿no era también algo parecido a un conjunto de vacíos ensartados como las cuentas de un collar?…) Catorce peldaños bajando y pude acceder a los dos pequeños dormitorios de la casa, que se iluminaban por medio de sendas ventanas verticales.

Un pequeño pasillo con una ventana al fondo servía de acceso a estos dos espacios. Ahora de hormigón prefabricado, siete peldaños descendentes me condujeron a un espacio polivalente que servía de salón y que podría ser dividido, mediante paneles móviles, para formalizar un área de juego de los niños. Los dilatados ventanales me volvían a mostrar la visión de la plaza y el jardín. Dos elementos metálicos diagonales me hicieron pensar en la dificultad estructural de la construcción. Casi de forma imperceptible, algo me hizo sentir, bajo mis pies, el piano nobile de la familia vecina, sin olvidarme que encima teníamos un dormitorio taller de la otra vivienda. Continué la vertiginosa marcha por esta cinta de Moebius, y descendí por una escalera de madera, otros doce peldaños, que me llevó a una pequeña plataforma que vertía sobre un espacio inferior. Un pequeño aseo justificaba el uso de esta plataforma, dando servicio a la planta baja. Al asomarme alguien, desde abajo, me gritó, asustado y amenazante a la vez, “¿Quien está ahí?”… El dueño de la casa embutido en un mono de trabajo se encontraba cortando tableros y placas de yeso-cartón para terminar su casa, cuando descubrió mi presencia. Tras aclararle, sin bajar de la plataforma por si decidía utilizar alguna herramienta sobre mi persona, que no era un ladrón sino un arquitecto en viaje de estudio, el dueño me pidió (ordenó) que bajase. Acepté su amable invitación y descendí los últimos catorce peldaños hasta llegar a un espacio ambiguo, de gran altura (dos alturas y media), que servía como vestíbulo y acceso, comedor y cocina. Dos grandes vidrieras verticales de toda la altura encuadraban los árboles del jardín y la plaza. El propietario me invitó a salir inmediatamente y sólo me quedó tiempo para echar una rápida mirada a la serpiente de vacíos concatenados. Abandoné la construcción por una simple puerta de madera y vidrio y, como en el juego de la oca, me encontré, de nuevo, en la casilla de salida.

¿Qué había pasado? Ocho minutos tardé en recorrer, de continuo, las dos viviendas que conformaban la casa doble. Una vivienda la recorrí en sentido ascendente y la otra en sentido descendente. Dentro de un prisma de madera había dos viviendas concebidas a partir de la menor profundidad imaginable, lo que producía el estiramiento del programa, en vertical. Por otra parte los programas tan diferenciados hacían que su perfil interior no fuera un plano continuo, sino que el muro medianero se plegaba para permitir usos y volúmenes ensamblados entre sí. Me volví para mirar la casa doble otra vez; ahora la disposición de huecos se me convirtió en algo no tan azaroso. Era capaz de reconocer la quebrada línea del muro medianero, los ventanales de las zonas polivalentes, los huecos verticales y las zonas opacas de los dormitorios (un reducto de privacidad conservado desde su carácter exhibicionista), los paños opacos, también, de los petos de la terraza cubierta, las paredes del patio-terraza, las paredes del vestíbulo de la primera casa, etc. Así por una parte la fachada se me presentaba como una descarada trasposición formal de la sección, y a su vez, con los matices propios de los diferentes usos se convertía en una fachada reflejo funcional de su interior. Empezaba a entender algo sobre el objeto, pero no me parecía suficiente, así que me vi en la necesidad de acudir a conversar con los arquitectos, (“Entrevista a MVRDV” revista El Croquis nº 86. Moreno Mansilla, Luis y Tuñón, Emilio. El Croquis. Madrid, 1997) leer sus textos, mirar sus publicaciones, etc., para tratar de satisfacer mi curiosidad por comprender las razones o sinrazones que les habían llevado a construir este objeto tan rico y complejo…

“Parece difícil que las posibilidades de socavar continuamente nuestras propias premisas puedan seguir desarrollándose indefinidamente a lo largo del futuro, sin que en algún momento las frene la desesperación o una carcajada que nos quitará el aliento”.

La estética del Silencio. Estilos Radicales. Susan Sontag. Santillana. Madrid, 1997.

Observando superficialmente el conjunto de proyectos y obras de MVRDV uno se pregunta si, todavía hoy, los arquitectos aspiran a alcanzar la “extravagancia última” 3, pero en realidad, si nos adentramos, con mayor tesón, en el inconmensurable mundo de esta pequeña-gran oficina de los Países Bajos, tomamos conciencia de cómo los elementos del lenguaje de MVRDV no son tan extravagantes en sí mismos sino que, al contrario de lo que pudiera parecer, sólo son el resultado de combinaciones de elementos conocidos, tomados de la tradición moderna y racionalista, que se aparecen más o menos disparatadas o exageradas. Es como si los arquitectos del grupo MVRDV propusieran modificaciones de la realidad a través de la combinación compleja, mediante herramientas abstractas altamente tecnificadas, de elementos conocidos que ponen en valor sus diferencias y hacen que la normalidad se convierta en algo tremendamente especial, e individualizado, a través de un proceso continuo de desterritorialización y reterritorialización de las partes. Es decir, el trabajo de MVRDV es enigmático, no a pesar de sus métodos de análisis de la realidad, sino precisamente por ellos. El pragmatismo de la oficina MVRDV reconoce las convenciones formales y funcionales de la tradición del siglo XX, y su transformación viene dada por su forma diferente de ser observadas, interpretadas y combinadas. MVRDV no busca la novedad, ni la extravagancia, en sí misma, más bien van más allá de las propias convenciones a la búsqueda objetiva de causas ocultas, recurriendo a tablas, cuadros, diagramas, y estadísticas que permitan la confrontación de lo real con los condicionantes formales.

La cuestión más llamativa que se pone de manifiesto al estudiar el trabajo de los arquitectos es el personal método (optimista y confiado) de trabajo de la oficina: la principal ocupación de los arquitectos de MVRDV consiste en agrupar cantidades masivas de información técnica (datos, diagramas, mapas, normativas, esquemas, etc.) y después de ponerse, de forma supuestamente racional y objetiva, a resolver el problema, de tal forma que los condicionantes actúen, fundamentalmente, como motor de la producción arquitectónica de la oficina. Para ellos la creatividad humana no proviene de la invención de formas nuevas, sino de la redescripción y combinación de lo existente, expresado de forma técnica y aparentemente objetiva. Para MVRDV lo importante es ver más y de forma diferente, de tal modo que, a pesar de que el objeto observado (la realidad) no cambia, las soluciones se convierten en algo inesperado y enigmático, fruto de una interpretación artística (aunque ellos lo desmientan) del conjunto de informaciones de carácter técnico positivista. Es decir, la forma sólo se puede explicar a partir de los datos técnicos que cifra, pero es la interpretación personal de estos lo que permite su formalización diferenciada. Este sistema es lo que hoy se conoce como datascapes. MVRDV acuñaron el concepto: Los datascapes son formalizaciones de sistemas expertos, es decir, representaciones visuales, a partir de un léxico personal codificado, de los campos de fuerzas que pueden influir en el trabajo del arquitecto: condicionantes técnicos, naturales, legislativos, políticos, etc. (En este punto es interesante aclarar que los datascapes no conducen a soluciones prefijadas sino a posibilidades en los límites de lo posible, en ese punto donde realismo y surrealismo parecen coincidir). En relación a la casa doble de la que estamos hablando, lo más importante es entender como la formalización a partir de los datascapes que afectan a un proyecto, un contexto, un cliente, etc., marca el comienzo de un proceso de negociación (interno y externo) entre todas las partes, una negociación donde el trabajo del arquitecto debe ser representado como participante, conductor, o director de un proceso continuo de gestión. En la casa doble, la negociación y la conciencia común entre las dos familias se convierten en el tema central del proyecto.

“MVRDV trabajan a la vez con los condicionantes impuestos desde fuera -los motores económicos que guían la práctica arquitectónica, y el aparato burocrático que la gobierna-  y las normas dadas desde dentro -las técnicas arquitectónicas, las convenciones y los hábitos de trabajo-. Al articular los medios específicos disponibles para la arquitectura con el fin de cifrar información social, económica y política, MVRDV abre la arquitectura a otros discursos, sin perder lo que es específico a la arquitectura en tanto que práctica. Es decir, que están más interesados en los efectos espaciales o materiales de la información que en los efectos escenográficos o discursivos. La información tiene consecuencias formales, pero el formalismo no es un fin en el trabajo de MVRDV (…)

El condicionante es redefinido, no como freno, sino como motor. En este sentido, trabajan desde la conciencia de que el mundo como tal siempre se mueve más rápidamente que la disciplina de la arquitectura. Nuevos modelos de asentamiento en el territorio, nuevas estructuras de gestión, nuevas maneras de organizar los oficios de la construcción emergen todos más rápidamente que la capacidad de los arquitectos para reaccionar o teorizar. Los datos y la información, expresados en forma de complejos condicionantes, son los medios a través de los cuales MVRDV abordan la complejidad de esta masa cambiante. No están interesados en representar estas condiciones emergentes, sino más bien en aprovecharse de su potencial. Construyen de acuerdo con la reflexión de Jane Jacobs de que el comercio es el motor del urbanismo. Su trabajo se desarrolla desde el desajuste entre una realidad que se mueve deprisa y el catálogo disponible de soluciones arquitectónicas. Por esta razón, los elementos de su lenguaje formal no son necesariamente llamativos en sí mismos. Son más bien sus combinaciones inesperadas, posiciones extrañas o escalas aparentemente inapropiadas. Una lógica tenaz depara soluciones frescas e improbables”.

Ecologías Artificiales: El trabajo de MVRDV. Stan Allen. Revista El Croquis nº 86. El Croquis. Madrid, 1997.

Los arquitectos proyectaron un marco inicial, con amplia capacidad de margen, entre programa y forma, dejando campo libre para introducir las futuras, y siempre usuales, improvisaciones de las dos familias. Los arquitectos establecieron la estructura inicial y la posibilidad de un juego de relaciones entre las partes, entendiendo que una serie de fuerzas internas, resultado de los deseos y las necesidades de los usuarios, modificaría estas relaciones a lo largo del tiempo.

Todo comenzó cuando “uno de los dos clientes vio el proyecto de los Berlin Voids y dijo “quiero una casa como esa”, sin saber que se realizarían al final pero como modelo perfecto de cohabitación”. Al parecer, después de adquirir la parcela, el cliente inicial descubrió que no tenía suficiente dinero para construirse una casa para él solo. Por medio de un anuncio encontró otra persona que, también quería construirse una casa. Las dos familias resultaron tener necesidades tan diversificadas que contrataron a dos estudios de arquitectura diferentes para resolver el problema: Architectengroep y MVRDV. “Una de las parejas quería vivir en una especie de piano nobile y conseguir así un área de estar más apartada de la planta baja; la otra quería cocinar y comer en la planta baja, casi en el jardín. La primera pareja quería combinar su salón de TV con el nivel de dormir, etc. Esa línea de división de goma propuesta entre las dos se convirtió en una herramienta adecuada para negociar los límites y para explorar los posibles ideales de los interiores y las vistas. Esto causó una cierta dependencia asumida por las dos parejas sin la otra, nunca hubiera sido posible obtener semejantes cualidades. El resultado fue una cierta conciencia de sus diferencias”. Como en el proyecto Berlin Voids, MVRDV empezaron por la combinación de unos tipos ideales de vivienda, que dieron lugar, más adelante, a unos tipos híbridos localizados en los entresijos de los tipos ideales donde los vacíos, campo de trabajo de escultores y arquitectos de este siglo, se entrecruzaban como serpientes. El diseño final es el resultado de difíciles negociaciones entre las dos familias y sus arquitectos. Los arquitectos, en esta nueva redefinición de su actividad, asumieron el papel de representantes de las diferentes familias.“La casa Doble en Utrech es un manifiesto por la coexistencia de gente diferente en un espacio diferenciado, pero simultáneamente un manifiesto por un posible nuevo papel del arquitecto: un negociador, un dirigente, quizá el último generalista en un mundo de expertos especialistas.”

Hacia una arquitectura reflexiva. Bart Lootsma. Revista El Croquis nº 86. El Croquis, Madrid 1997.

Primeramente, se acordó construir una casa con la menor profundidad imaginable, con lo que se consiguió dilatar el programa hasta alcanzar cinco plantas, concediendo, gracias a ello, un jardín de la mayor dimensión posible. Por otra parte la posibilidad de quebrar el muro medianero, (utilizando las propias palabras de MVRDV: “primer movimiento terapéutico” en las negociaciones entre los vecinos y los arquitectos), permitió la construcción de dos volúmenes residenciales independientes pero ensamblados en el tallado de sus vacíos. La superficie quebrada pero continua de la medianera se convirtió en una membrana entre dos fuerzas, entre dos espacios, entre dos familias, cuya forma se debía materializar a partir de la confrontación de deseos y necesidades, de lo contingente y lo necesario. La negociación, difícil por su amplitud de planteamientos e intereses individuales, llegó a buen término gracias a la acción negociadora de los arquitectos y las dos familias. Las dos casas conviven hoy con la conciencia mutua de la existencia del vecino, con la presencia enriquecedora del otro. Al igual que ocurre en la vida: “Al principio, su mutuo sometimiento amenazó con paralizarlos. Pero como en la parábola del ciego y el tullido, juntos demostraron ser más de lo que podrían haber imaginado ser de forma individual”.

Memoria de la Casa Doble en Utrech. Revista El Croquis nº86. El Croquis. Madrid, 1997.

Casa doble en Utrecht, MVRDV, 1997.

SECCIONES VISITADAS. Emilio Tuñón

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