EL JUEGO DEL ESPACIO. Tomás García García

Estudio neoyorquino de Marcel Duchamp. Fotografía hacia 1918 publicada por Lebel.

Marcel Duchamp emigra a Estados Unidos, deja de producir y se interesa por el ajedrez, hasta el punto de convertirlo en otra de sus numerosas obsesiones. Decide escribir un tratado sobre el juego, el ajedrez y el gusto por algunas partidas concretas: Opposition et cases conjuguées… (1932). Solía jugar al ajedrez con John Cage.

Un día apareció una noticia cuyo titular decía: “Ya no juego más al ajedrez con John Cage. ¡Es que John Cage no quiere ganar!”. Cage explicó a los periodistas:

“Me pongo a jugar al ajedrez con Duchamp y veo las piezas, las infinitas posiciones, los juegos, los movimientos, los posibles acontecimientos y me parece que lo fascinante es ese proceso de movimiento de las piezas. Y que ganar o perder no tiene mayor interés. Llega un momento en que me parece tan impresionante, atractiva o hermosa la posición de las figuras y la sombra que proyectan sobre el tablero, que no soy capaz de pensar en cómo continuar la partida”.
Duchamp. El amor y la muerte, incluso. Juan Antonio Ramírez. Siruela. Madrid, 2000.

Cuando era niño solía tirar el balón por la ventana de mi dormitorio. Nunca íbamos a un lugar específico a jugar, sino que el espacio de juego comenzaba allí mismo. El juego se convertía en algo inspirado y no organizado. Era el lugar de la dispersión. Recuerdo que antes de empezar a jugar debíamos hacer dos grupos, para lo que los capitanes seleccionaban uno a uno los miembros de sus equipos. Siempre éramos los mismos jugadores, cada día el juego era igual, pero los vínculos afectivos y las relaciones casuales que se daban entre nosotros hacían que el mismo juego tuviese cada jornada emociones distintas. El espacio era el mismo, las reglas idénticas, sin embargo el azar hacía que el resultado fuese imprevisible y emocionante. Me pregunto constantemente si se podría hacer arquitectura como el que inicia un juego, autolimitarse con una reglas muy precisas para dejarse sorprender por lo que aparece en los alrededores, en los márgenes. Acostumbramos a pensar que un proyecto requiere de una idea, de una mínima energía que active un complejo proceso de búsqueda e investigación, y quizás sea cierto, pero esta clase nos sugiere un complemento: el azar como sistema de trabajo, que nos hace enfrentarnos al proyecto con una cierta actitud de exploración, de inseguridad, carente de certezas, pero con la motivación, eso sí, del niño que se adentra con curiosidad en su juego. Me pregunto si se podría hacer arquitectura explorando estas reglas, disfrutando de sus condicionantes, por técnicos, áridos o faltos de interés que parezcan, hasta descubrir que tras ellos se esconden proyectos insospechados. Unas reglas que inician un proceso en el que, como sugiere Cage, hay un momento en el que quedas seducido por las situaciones que surgen, y que hacen que la partida se quede ahí, detenida. Esto me resulta enormemente sugerente, llega un momento en que lo que descubres rebasa aquel contenido inicial del juego, de las reglas, haciendo que éstas se diluyan en un segundo plano. Si somos capaces de establecer una subrutina que mantenga nuestra mente entretenida, tentados por hacer trampas en nuestro propio juego, hay un momento en el que quedas tan atraído por las relaciones que surgen entre los elementos del proyecto que decides detener la partida, darla por concluida. Lo interesante de esta situación no está en la forma obtenida, sino en el proceso desarrollado.

De manera que la idea que planteamos es sencilla: cuando se establece una limitación, de alguna forma se convoca a la creatividad. Cuando uno hace el esfuerzo de trabajar dentro de unas reglas muy precisas surgen situaciones no habituales. Al establecer unas reglas de juego, unas limitaciones concretas, se generan situaciones que no surgirían si se afrontara el problema con absoluta libertad. El juego se convierte así en algo creativo porque sugiere nuevos caminos por explorar, un mundo imprevisible que no pertenece a uno mismo sino que ha sido encontrado fruto del azar.

Oskar Schlemmer, director del taller de teatro en la Bauhaus durante el periodo 1919-1929, desarrolla su actividad creativa en relación a la expresividad escénica en torno al cuerpo humano y su forma física, al movimiento y al espacio. Schlemmer introduce en su trabajo una circunstancia que lo emparenta con nuestra hipótesis: la repetición de un movimiento sencillo realizado por un cuerpo humano en el espacio introduciendo en cada versión una limitación corporal distinta. Mediante unos trajes fabricados en la propia escuela, Schlemmer impide el movimiento de una parte del cuerpo dejando que la acción se desarrolle libremente, disfrutando con la sorpresa de descubrir en cada acción movimientos inesperados. En 1921, Oskar Schlemmer escribió en su diario: “Parto del cuerpo para ir condicionando sus movimientos, para ir sacando paulatinamente la forma de la danza, el camino es así diferente de cuando parto de la forma, de una idea a plasmar, e intento realizarla a través del cuerpo”. Una experiencia que no se ciñe a una forma preestablecida sino que explora un camino según unas constricciones iniciales. No fijar a priori los límites de la obra, su desarrollo concreto y preciso, sino dejarse llevar por la casualidad y el azar que en este caso introduce la condición expresiva de impedir el movimiento de una parte del cuerpo humano. Cada día la obra es distinta, y se vislumbra con una mezcla de incertidumbre y optimismo.

Frente al arte y la arquitectura entendidas como productoras de formas significativas, se muestran a continuación algunos ejemplos de espacios para el juego que ilustran con claridad esta otra actitud que valora el discurso y no el resultado concreto. Limitar las herramientas de trabajo o el numero de planos constructivos como medida para reducir los elementos con los que se actúa; dibujar una malla imaginaria a partir de la que iniciar un proceso de excavación y eliminación de estratos sucesivos, o dibujar la planta de un edificio a partir de la deformación de un patrón inicial usando como soporte una taco de madera de pino y como lápiz una tupi que permite ir descubriendo a distinta profundidad los espacios necesarios.

Estos serán algunos de los fragmentos de un proceso creativo basado en el juego y no en la búsqueda de formas concretas y definitivas. Ésta es nuestra propuesta. Abandonarse y dejarse llevar por unas sencillas reglas, hasta quedar sorprendidos por el descubrimiento de una nueva realidad. Confiar en el azar como sistema de trabajo para activar nuestra imaginación y dejarnos conducir por caminos que nuestra limitada mente nunca habría advertido.

Fragmento del Panel 01 presentado al Concurso para La Chanca en Conil de la Frontera, Cádiz, 2005.

EL JUEGO DEL ESPACIO. Tomás García García

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