LA CASA: EL PATIO. María Zambrano

Summer, Pierre Auguste Renoir, 1868.

La casa mediterránea se puede decir que consistía ante todo en un patio. En un espacio vacío, pues, y abierto al cielo: a la lluvia, al sol, a la luz, y al patio daban las habitaciones todas de la casa; tras de este primer patio había otro que quedaba a veces cerrado por un muro en vez de por un cuerpo de habitaciones donde se desarrollaban los oficios domésticos. Al exterior, calle, plaza o campo la casa apenas ofrecía apertura alguna: algunas pocas y nada amplias ventanas.

La casa fue concebida en los lugares que son la fuente de nuestra civilización como un recinto lo más cerrado posible. Refugio, fortaleza, y que encerraba un espacio libre, vacío… un espacio propio. Un recinto propio que reproducía en su estructura en cierto modo un pueblo. Y lo que es más importante, un recinto que guardaba dentro de sí el ambiente de libertad, el espacio, el aire, la luz. De la cueva originaria tenía el ser refugio, lugar cerrado, sólo eso.

El patio así es el centro de la casa en todos los sentidos. Es como una estufa que distribuye el calor y el aire. En ella siempre ha de haber un rincón al sol, siempre uno a la sombra. Por sus paredes se ve girar la luz del día y entra la noche con su misterio. Es un mirador del cielo, un lugar de contemplación y en este sentido un templo. “Templum” era allá en Babilonia el lugar desde donde se contemplaba el firmamento.

Y el patio era el centro de la casa humanamente también. En él convivían todas las personas de la familia y los huéspedes acogidos a su hospitalidad. Y a él en el buen tiempo llegaban los visitantes para tratar los asuntos de la ocasión. Era a modo de “ágora” doméstica.

Y así gracias al patio, la casa tenía, tiene donde lo siga habiendo, verdadera intimidad, es decir, anchurosa, abierta intimidad donde la vida de relaciones es sin invadir las habitaciones de cada uno, la alcoba, lugar inaccesible, el comedor destinado únicamente a este uso, las salas de recibir en días y ocasiones solemnes. El patio es en verdad un lugar mediador. Un lugar mediador es el patio entre el espacio ilimitado y el espacio acotado, cerrado de las habitaciones de la casa. Y las habitaciones no tienen, cuando hay patio, por qué abrirse desmesuradamente al exterior, ni mucho menos ser esa especie de jaulas de cristal donde no existe intimidad ninguna. El hombre necesita del aire libre, del sol, del contacto con los elementos, pero su “estar” necesita de un sitio propio, comunicado con los elementos, mas no en medio de ellos. Se trata de una cuestión psicológica, quizás metafísica tanto más que física.

El patio es también jardín. Famosos son los floridos, encantados patios de Andalucía que yo he visto modulados de ciertas maneras en los maravillosos patios antillanos. De origen árabe, no puede por menos de simbolizar, creo, algo muy islámico pero no extraño a la mente cristiana: la rememoración del paraíso terrenal. El patio, el nuestro, el patio hispano es símbolo y recuerdo de ese trocito de paraíso irrenunciable que según padres de la Iglesia como San Agustín, queda intacto en el alma.

La Siesta, Julio Romero de Torres, 1900.

LA CASA. EL PATIO. María Zambrano

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