DEL UMBRAL A LA SALA DE ESTAR. Alvar Aalto

L´Annunziazione, Fra Angélico, 1432.

Con el título de este ensayo he querido referirme a esa parte de nuestros hogares que, en cierto modo, sirve de elemento de unión entre los espacios íntimos y el mundo exterior. En una carta extremadamente amable, el redactor jefe de la presente revista indicaba al firmante de estas líneas con qué negligencia nuestro arte de la decoración interior continuaba tratando estos espacios, principalmente el recibidor y el vestíbulo de entrada, y me ofrecía esta columna como fórum.

En efecto, en las casas particulares, mansiones, villas, etc…, ubicadas libremente en su entorno, siempre que hayan intervenido el buen gusto y la preocupación artística (y no hablaremos aquí de las demás) no se escatima espacio y riqueza de formas en cuanto a escalinatas, entradas y vestíbulos; pero, casi sin excepción, puede distinguirse algo torpe y desmañado en la manera en que las partes internas de la construcción se vinculan estéticamente al exterior. El clima nórdico, que reclama una frontera hermética entre las habitaciones con calefacción y el exterior, se ha convertido en un escollo para los arquitectos; de ello han surgido desproporciones entre las dos caras de esta limitación exigida por la vida y la práctica. La integración del edificio en el paisaje –otra de nuestras debilidades– suele parecer una tarea más fácil. En cuanto a aquellos de nosotros que se ven condenados a los grandes edificios de viviendas en alquiler, tienen que contentarse con nulidades absolutas y disposiciones grotescas en las entradas y recibidores de sus viviendas.

Razones muy concretas me han llevado a elegir la imagen de L´Annunziazione de Fra Angélico como ilustración de mi artículo. Sus características, que la acercan a una miniatura, poseen una elegancia y una verdad muy oportunas para la cuestión que nos ocupa. Se trata del ejemplo ideal de “la entrada en una estancia”. La clara tríada del ser humano, del espacio y del jardín, que domina el cuadro, lo convierte en un icono inigualable del hogar. La sonrisa del rostro de la Virgen ilumina tanto los delicados detalles de la construcción como las flores radiantes del parterre. Dos cosas quedan aquí claramente formuladas: por una parte, la unidad del espacio interior, de la fachada y del jardín; por otra, una concepción de estos elementos que, ante todo, resalta al ser humano y refleja sus estados de ánimo. Cualquiera que consiga verdaderamente desvelar los secretos de la pintura de Fra Angélico puede, sin temor alguno, dejar a otros la tarea de proseguir con la lectura de nuestro escrito.

Antes sugería que nuestro clima frío no facilitaba esta unión que debería reinar entre nuestra vida y su entorno más próximo y que éste sería el motivo por el que la entrada a un espacio no podía, en nuestro caso, adoptar esta forma de noble ceremonia como sucede en las culturas de latitudes más clementes. La culpa, sin embargo, no es tanto del clima, como de la inmadurez de los conceptos. Ciertamente, nuestras viviendas pueden ser cerradas por naturaleza –¿acaso no lo son también en el sur, si bien por razones de otra índole?–, pero este aspecto estético del cerramiento se sitúa sin excepción en lugar equivocado. El verdadero umbral de nuestros hogares se atraviesa en el momento en que pasamos de calle o del camino al jardín. El muro del jardín es el que delimita verdaderamente el recinto; que en su interior reine pues, sin obstáculos, la unidad, no sólo entre el edificio en conjunto y las formas del jardín, sino también entre éstas y la disposición de las habitaciones. El jardín (el patio) forma parte de la casa, en la misma medida que cualquiera de sus habitaciones. Que el paso de los parterres a los dormitorios establezca un contraste mucho menor que el paso de la calle o del camino al jardín. Podría decirse: una vivienda finlandesa tiene que tener dos caras. Una es esta unión sin mediación estética con el exterior; la otra, el rostro invernal, se manifiesta en las habitaciones del interior a través de una decoración que acentúa el calor. Lo anterior vale tanto para los palacios de nuestras ciudades, como para el edificio de viviendas de alquiler, con más o menos adaptaciones. Si descuidamos el espacio del patio, caemos en un americanismo de mal gusto.

De lo que precede se deduce que el autor de estas líneas considera de buen grado el jardín y la decoración interior como un organismo único cuyas partes están estrictamente vinculadas entre sí. Después de esta declaración de principios, tampoco podría hablarse de una decoración-tipo cualquiera del recibidor y del hall. Su forma y su función presentan tantas posibilidades que, a lo sumo, podemos evocarlas. Tal concepción de la decoración, que acentúa tanto el carácter orgánico, va además tan lejos que guía también los hilos invisibles que rigen la ubicación de los muebles.

Quisiera aludir también a la forma del pasillo, durante mucho tiempo menospreciada. Ofrece recursos estéticos inestimables para la entrada a la casa; es el modo natural de centralizar los espacios interiores; y permite, incluso en las construcciones pequeñas, dar una impresión fuerte y monumental de la dimensión longitudinal.

Una solución para la decoración interior y para el espacio de la entrada nos la ofrece el hall inglés. Si bien el arte básico de la decoración inglesa ha producido muchas cosas bellas, es también, cuando se interpreta erróneamente, una parodia que florece en miles de hogares. El alma inglesa nos es tan extraña que una imitación de aquello no podría arraigar fácilmente en Finlandia, pero hay un aspecto en relación con él que merece la pena destacar. Un hall, grande y ventilado, con su chimenea, su embaldosado visible y un tratamiento formal que lo distingue de los demás espacios tiene una función psicológica perceptible al ojo sensible. Es la metáfora del aire libre bajo el tejado de la casa. Constituye, pues, el pariente lejano del atrium de las casas patricias de Pompeya, cuyo techo era el cielo real. El vínculo viene a ser el mismo que el existente entre los viejos bosques de Flatford y una colina de viñedos de líneas geométricamente puras.

Bien empleada, esta sutileza –el recibidor tratado como un espacio al aire libre– es un fragmento de la piedra filosofal. Se lo regalo a mi lector, en un estuche cerrado con doble vuelta y, le ruego me perdone si, por ventura, omitiese entregarle la llave. Exactamente por la misma razón que más arriba me hacía transformar su jardín en un interior, quiero ahora hacer de su recibidor un “exterior”. Es también una manera de atenuar el contraste entre ambos; y además, un procedimiento artístico enteramente natural para decorar un espacio que precisamente contiene el paso “exterior-interior”. He aquí, en pocas palabras, el fundamento estético del porche de entrada a nuestras viviendas. Puede lograrse de innumerables maneras: por un determinado tratamiento de los detalles, por la propia pintura, pero la mejor manera sigue siendo una disposición correcta del recibidor respecto a los demás espacios interiores, al patio y al jardín, se trata, no obstante, de un método que debe manejarse con precaución. En el mundo hay montones de arquitectos y decoradores. El resultado de sus geniales inventos podría desembocar, en caso de que tuviera, oh estimado lector, un amigo de gusto aristocrático pero de salud precaria, en una muerte prematura.

Todas estas ilustraciones adjuntas, en diferentes formas, representan de alguna manera esta característica. La casa de Pompeya se ha elegido en ruinas intencionadamente: el acuerdo perfecto existente entre una columnata y unos pocos muebles es el ejemplo clásico de la unión de un motivo más bien imponente del exterior y unas formas que representan la intimidad del hogar. No debería haber más muebles en el recibidor de una morada finlandesa. Otra ilustración muestra cómo, hasta en el espacio racionado de un apartamento de alquiler, fue posible lograr una decoración de la entrada, hermana espiritual de la anterior, con medios que no tienen nada de excéntricos. El arco se abre en una pared maestra del inmueble, es decir, en un elemento esencial bajo el aspecto constructivo y el motivo representa también, por el aire pesado de sus formas, a la ciudad que lo rodea. Al lado un grupo de muebles, no especialmente destinado a sentarse, sino haciendo más bien las veces de emblema para los habitantes de la casa o de reflejo del mobiliario de los espacios internos. La perspectiva de la calle, la idea constructiva de la casa y la intimidad del hogar se dan la mano.

El segundo principio de la decoración del recibidor es precisamente efectuar un acercamiento entre la casa, en tanto que construcción, y el carácter más íntimo del hogar. El atrium de la casa romana, que es a la vez el fin último de la progresión del movimiento de entrada y, con el cielo como techo, una pieza esencial de la casa desde donde “se desvelan”, por sus respectivas puertas, los otros espacios más internos, materializa de manera hermosa y por la mera fuerza de la disposición de su plano, todas las ideas hasta aquí expuestas. Una vivienda finlandesa, construida con influencias de este tipo, viene ilustrada por los dibujos. Aquí también el hall forma el centro de la casa, con un sello característico logrado principalmente por el tratamiento singular de cada una de las puertas que llevan al resto de espacios de la casa. Todos los elementos que desempeñan una función utilitaria, el guardarropa, incluso la escalera, están situados en oquedades y el carácter del espacio es el de un puro cubo, abierto por arriba… hacia la planta superior. Cuando entra en este espacio, el visitante capta al instante toda la estructura interna de la vivienda y la disposición de sus habitaciones.

Este hall está absolutamente desnudo, pero por la abertura de las puertas se adivina, una tras otra, la decoración de cada espacio y ello basta para dar la sensación de calor necesaria. Encontramos aquí las únicas baldosas de toda la casa, en piedra caliza; su aspecto arquitectónico es un poco severo y aporta por sí mismo el marco ceremonioso adecuado para que la dueña de la casa reciba a sus invitados. Es, pues, un espacio de recepción; pero a esta rigidez se le acopla una útil sordina, mediante la planta que adivinamos gracias a la abertura del techo, con los dormitorios, las habitaciones de los niños y, a modo de sello algo descuidado de la vida cotidiana, una cuerda con ropa tendida suspendida de lo alto. Una vulgaridad del día a día como factor esencial de la arquitectura, un retazo de calle napolitana que viene a decorar un hogar finlandés.

Me he ocupado aquí más de los valres básicos de nuestro arte de la decoración que de las posibilidades de realizarlos en concreto. Los medios son numerosos y, según las circunstancias, muy diferentes; es la razón por la cual pensé que sería más útil esbozar ante todo los matices que dichos medios tienden a lograr. Pero si ustedes desean mi bendición respecto a su vivienda, debe, además, poseer una última cualidad: tiene usted que revelarse en ella a través de un pequeño detalle, en alguna de las formas de su hogar, debe aparecer intencionadamente una debilidad, su debilidad. Admitamos que aquello puede invadir un territorio que excede el mandato del arquitecto, pero ninguna creación arquitectónica es completa sin esta característica. Podría decirse de ella que no tiene conexión con la vida. Esta calidad responde a las ganas, coloreadas por el humor más refinado, de confesar las propias debilidades. De todos modos, lo más sensato sería que el lector de entrada no se pusiera a colocar cuerdas “entre las columnas de mármol del hall” para tender la ropa de su progenitura; pero la libertad de espíritu, que es la marca del verdadero caballero, permanecerá en él por los siglos de los siglos: que su vivienda corra la misma suerte.

Casa Väinö Aalto, Alajärvi. Plano de planta baja.

DEL UMBRAL A LA SALA DE ESTAR. Alvar Aalto

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