RESUMEN DE CLASE DE PROFESOR INVITADO. GEOGRAFÍA DE TRÁNSITOS. Juan Domingo Santos

Juan Domingo Santos, Casa en la ladera, Otura, Granada. La bodega y los dormitorios.

Imaginemos despertar en un dormitorio que no es el nuestro, escuchando de fondo el ruido de las cacerolas y con un olor a comida procedente de la cocina de una casa desconocida. Es posible que a través del sonido y el aroma podamos intuir el espacio de la cocina donde se lleva a cabo la actividad. Imaginemos ahora que paseamos por una estrecha calle de un casco histórico cualquiera. Desde detrás de una tapia nos llegan voces de niños jugando y el olor de las flores de un jardín. No es difícil presumir cómo será el recinto que se esconde tras los muros, incluso los árboles, sus sombras. Por último, imaginemos estar situados delante de una antigua casa de la ciudad. Si observamos el ritmo regular de sus ventanas y balcones y los objetos domésticos que aparecen en el exterior (ropa tendida, un grupo de macetas, sillas o una mesa), es posible que podamos adivinar con bastante exactitud la división interior de sus espacios, cómo es la casa por dentro. Si por el contrario posee una fachada enigmática, poco reconocible, como si se tratara de una medianera, la dificultad por descifrar lo que sucede en su interior se nos revela como un campo abierto para elucubrar insospechadas organizaciones.

Todas estas situaciones no son más que experimentos consistentes en imaginar lo que no se ve pero se percibe en el ambiente, reconstruir con la mente un espacio físico ya existente a partir de las sensaciones que nos transmite. Estos ejemplos nos muestran que la arquitectura puede construirse también a partir de vivencias y de la experimentación con ciertos elementos no formales, o al menos que no dependen exclusivamente de la forma física. La arquitectura fluye mejor si no se piensa y se vive como un permanente acto vital de cosas que pasan. En cierto sentido es un proceso continuo que aúna experiencia, emoción y uso. La posibilidad de imaginar un jardín o los espacios de una casa no tiene nada que ver con su diseño. Es algo más natural, cuyo origen está en la percepción cualitativa de las cosas y las sensaciones vitales que nos transmiten al relacionarse unas con otras.

Al pensar la casa podríamos asociar su imagen al recuerdo de ciertas experiencias vividas o al deseo de incorporar otras aún desconocidas para nosotros. Hacer una casa es un acto creativo único e irrepetible, cargado de humanidad, en el que no es posible establecer reglas ni soluciones a priori. Una auténtica aventura que el habitante debe descubrir con paciencia y tiempo. La casa, como la vida, es un proceso impredecible que afecta a todo cuanto rodea al hecho de habitar, incluidos a los usuarios y a sus moradores, a las cosas que se ofrecen a los sentidos, los colores de las estaciones, los afectos, la luz o los árboles frondosos que nos ayudan a entender la existencia. Conscientes de la imposibilidad de plasmar con la arquitectura la simple realidad cotidiana tan difícil de narrar (gestos, atmósferas, fobias, tics…), el proyecto de una casa tal vez sea construir un lugar a la sombra donde se pueda aprender la existencia, o al menos cómo saborearlo. La magia de crear vida con las cosas.

Decir “casa” a secas es una abstracción, un vacío sin más referencia que la memoria y los recuerdos personales que tengamos de ella. Frente a la generalidad del término, prefiero entenderla como un lugar vinculado a una situación específica, a la experimentación o sencillamente a ciertas cualidades. Una casa comienza a existir en el momento en que la vida aparece vinculada a uno de estos aspectos, sea del tipo que sea, y eso es lo que la hace diferente a las demás, con independencia del programa, el estilo o la tipología.

En la actualidad la arquitectura se ha vuelto muy popular pero realmente no creo que sea entendida. Cada caso requiere su propia especificidad y ser tratado de diferente manera, y esto, por desgracia, casi nunca sucede. Es apasionante descubrir lo que significa habitar una casa en unas condiciones precisas y no siempre iguales. Desentrañar esa especificidad que la hace distinta es construir su existencia. La identidad de una casa radica precisamente en desvelar las cuestiones que aportan cualidad a la experiencia de vivir. Una casa no es un dibujo ni la organización funcional de unos espacios preparados para repetirse hasta el infinito. ¿Cuántas habitaciones sin alma vemos a diario? No es necesario tampoco nada especial, basta con suprimir lo superfluo y conectar con algunas cosas que dejen traslucir su esencia. Se puede alcanzar la categoría de lo trascendente con asuntos cotidianos tratados de manera cualificada.

El ejemplo contrario lo representan las inmobiliarias que promocionan un producto común y anónimo –la vivienda–, obtenido por patrones de cantidad y no de cualidad. En ellas se comercializa la casa a partir de valores cuantitativos que insisten solo en la superficie, el número de habitaciones y si posee garaje, piscina o jacuzzi, lo que implica una noción muy reducida e impersonal del verdadero significado de habitar, y de aquí sus fracasos constantes. Sin duda el hogar es otra cosa, un lugar mítico vinculado a la existencia del ser humano, e implica personificar el espacio doméstico, descubrir qué significa habitar o cómo nos gustaría vivir en cada momento. Una tarea, por otra parte, nada fácil y llena de contradicciones como habrán comprobado aquellos que se hayan aventurado en su construcción.

Podríamos imaginar la casa como un lugar de relaciones múltiples que nos transmiten una nueva idea sobre asuntos cotidianos. Propongo a continuación algunos ejemplos que favorecen formas particulares de vida condicionadas por alguna cualidad especial. Intentemos al leerlas intuir cómo viviríamos el tándem que se propone en cada caso. Tomemos tiempo para reflexionar y encontrar una imagen apropiada que nos satisfaga. Se trata de imaginar la casa a través de las distintas posibilidades que ofrecen estas asociaciones y cómo materializarlas, incluso aunque nos parezcan absurdas. Por ejemplo, si se trata de la “casa de la lluvia”, este enlace puede sugerirnos una casa con un espacio abierto donde llueva en su interior o justamente lo contrario, un lugar cubierto por un material que acentúe sonoramente el ruido de la lluvia al caer. La casa sonará de diferente manera dependiendo de la cubrición, lo que condicionará la vida de los espacios interiores. Vivir una casa con sonidos de este tipo nos remite a una experiencia única que se activa en el momento en el que caen las primeras gotas. Hasta ese momento la casa carece de la cualidad que la hace diferente y es como cualquier otra. Es decir, la casa comienza a existir en el momento en que empieza a llover.

casa de la lluvia / casa interminable / casa de la abuela / casa collage / casa entre medianeras / casa artefacto / casa de vacaciones / casa con un tigre / casa para un mago / casa en un huerto / casa con alberca / casa de alquiler / casa amarilla / casa azul / casa sumergida / casa de chocolate / casa con dos grúas / casa electrodoméstico / casa alfombra / casa del futuro / casas entre escombros / casa de madera / casa en un cruce / casa en rampa / casa sin ventanas / casa con eco / casa sin barrer / casa transparente / casa mirador / casa de paso / casa de las espadas / casa de vecinos / casa excavada / casas en zig-zag / casa del sol naciente / casa del viento y de la sombra / casa ocasional / casa sin suelo / casa inhabitable / casa para siempre…

Todas estas casas son contigüidades con temas muy diferentes y en ellas se vincula al habitante con una experiencia distinta, ya sea con la memoria, con la actividad, con el material, con ciertas sensaciones fenomenológicas o con situaciones específicas del lugar. Estas asociaciones expanden la imagen de la casa en nuestra mente en múltiples direcciones y nos sitúan en un campo más amplio, incluso fuera de la disciplina. La contigüidad es un estado que permite enlazar con mínima energía situaciones que de otro modo caerían fuera de un entorno habitual. Sin duda las cosas se producen de esta manera, a partir de la relación y el encharcamiento de unas con otras, por contaminación, o sencillamente porque es posible que tengan líneas de conexión más amplias que las que acostumbramos a ver. Estos encharcamientos son formas de relación en contra de la composición arquitectónica y suponen una especie de extraña conexión entre las cosas fuera de la disciplina.

Si volvemos al juego anterior de las asociaciones, lo más significativo es que en todas las combinaciones de casa propuestas se desarrollan las mismas actividades. En todas se cocina y se duerme, pero de diferente manera. O dicho de otro modo, no es lo mismo el desarrollo de la actividad en cada caso ya que ésta aparece condicionada por el tipo de casa. Sería interesante imaginar cómo se produce la actividad doméstica habitual en cada una de ellas y preguntarnos qué diferencia hay, por ejemplo, entre dormir en una “casa sin ventanas” y hacerlo en una “casa mirador” o en la “casa de la lluvia”. Posiblemente los sueños de sus habitantes sean diferentes. Habría que ver en qué medida se condiciona la actividad en cada momento. Habitar una casa es un experimento que nos pone en contacto de manera cualificada con otros asuntos y materias, por encima de programas o tipologías. Quiero decir que hacer una casa podría consistir sencillamente en una reivindicación legítima del derecho de experimentar el significado amplio y abierto de habitar fuera de los cauces habituales. Imaginar la casa representa el derecho del habitante a vivir y a expresarse individualmente en una sociedad regulada por unas normas absurdas que pretenden hacernos iguales a todos. Estas experiencias vitales nos devuelven a un estado original más amplio y vivo que el proporcionado por la disciplina y la norma.

Una casa es la narración de una experiencia y esa narración es la vida del ser humano en aquellos espacios, algo que hace al habitante diferente a los demás. Todo proyecto de arquitectura, para que sea vivo y real, inevitablemente ha de formar parte de un relato. La vida no se reduce al dibujo ni a la función, forma parte de una realidad más compleja. En la construcción de una casa hay encuentros fortuitos, coincidencias, hallazgos, y también relaciones que se entretejen las unas con las otras, que acaban por convertirse en su destino. Un destino por otra parte frágil y vulnerable que sitúa a la arquitectura en la cuerda floja. Lo que llamamos diseño de la casa no es más que una acción basada en observar, prestar atención a cuanto sucede y poner en contacto elementos insospechados, ampliando la idea que teníamos hasta ese momento de un objeto y del espacio doméstico que lo contiene.

Las casas descritas en esta clase (casa para un mago, casa entre escombros, intercambios y apropiaciones en un centro histórico, casa en la ladera, casa en un huerto de cerezos…), no han surgido nunca del estudio, son el resultado de buscar y vincular lo doméstico a cuestiones diversas. En todos los casos, más que el resultado me han interesado los procesos que las originan. De aquí que haya retrasado al máximo el momento del dibujo, sustituyendo el proceso habitual de la disciplina arquitectónica por otro más inductivo basado en la experimentación con temas muy diferentes. Me gusta salir a buscar cosas porque los trabajos se hacen también con las incertidumbres y los hallazgos, esperar el momento hasta encontrar alguna pista que me ponga en el camino. Siempre existe una sorpresa que nos aguarda y que desencadena el destino de las cosas. El encuentro hace veinte años con una antigua fábrica de azúcar del siglo XIX me llevó a ocupar la torre alcoholera para convertirla en mi estudio de trabajo, un laboratorio de ensayos en el que el conocimiento del lugar se ha producido a partir de experiencias sobre las antiguas construcciones existentes. Esta manera de ocupar espontáneamente un espacio industrial para transformarlo en un ámbito doméstico ha condicionado mi forma de ver el patrimonio al convertir la fábrica en un laboratorio de ensayo libre y escenario de múltiples actividades durante este tiempo.

La arquitectura en cada una de estas experiencias se ha producido por contigüidad con otras materias o asuntos y en todos los casos aparecen relaciones entre habitantes y vecinos, objetos encontrados y encuentros fortuitos que abren un nuevo horizonte. Pueden ser vistos como nuevas experiencias de la casa pero también como formas diferentes de producción del patrimonio doméstico. Detrás de cada una de ellas hay siempre una sugerencia que actúa como desencadenante y que provoca el destino futuro de la casa y sus moradores. Son argumentos, modos de ver la casa de una manera ampliada. Plantar cerezos, fomentar las relaciones entre vecinos, reciclar el escombro o jugar a combinar las noticias de un periódico son acciones que no andan tan distantes y liberan la casa del aislamiento del diseño. De aquí que cada experiencia nos sirva de guía en su descubrimiento. Desde la descripción del paisaje hasta el relato de las existencias, los destinos y las fobias que se encierran detrás de ellas. Son protagonistas las personas pero también los animales, la tierra, el resplandor de la luz en el agua, el claror, la ciudad, el cerezo, el almendro y la nieve, los deseos y las pasiones de quienes las habitan.

Todos los trabajos son relatos independientes que reflejan una preocupación por captar lo cotidiano a través de una mirada introspectiva y personal. Tienen también en común una lectura lúdica plasmada en el recreo con el que son tratadas situaciones domésticas habituales. Son casas en las que se mezclan narración y experiencia, y describen una manera de actuar, libertades que se toman frente a la tradición de la casa para asegurar su continuidad. Cada una de ellas está guiada por argumentos que convierten pensamientos en formas materiales a partir de relaciones, campos de exploración que nos permiten ir y venir entre cosas con mínima energía. En todos los casos la trama empleada ha sido motivo para enlazar con cuestiones diferentes y ampliar así la forma de vivir. Destacar también que estos trabajos no están hechos de ideas preconcebidas, provienen de la experimentación con temas muy diversos en los que el individuo y su hábitat aparecen asociados a cuestiones de paisaje, arqueología, agricultura, producción y patrimonio, entre otras, y están vistos como juegos que acaban por disolver las formas habituales del espacio doméstico en un intento por humanizarlo.

Para mi asombro todo está más próximo de lo que en principio hubiera podido imaginar y lleno de alianzas indefinibles entre lo sensible y lo significativo, de manera que es posible alcanzar una cierta continuidad entre ellas, solo hace falta tiempo para lograr el equilibrio.

Croquis sin título. Tinta y papel.

GEOGRAFÍA DE TRÁNSITOS. Juan Domingo Santos

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