HISTORIA DE UNA CUNA. Rubén Picado y María José de Blas

Nuestra casa siempre ha sido parte del estudio. De ahí surgió la necesidad de buscar un espacio para resolver los primeros meses de vida de un bebé. Y a partir de dicha necesidad, proyectamos un elemento —la cuna— que, tras sucesivas transformaciones y adaptaciones, nos ha ido acompañando durante los últimos doce años. Una vez desprovisto de su sentido inicial, este espacio ha sido fanal de luz, almacén, parque infantil… y ahora, con el paso del tiempo, el acceso a una escalera. Hay algo muy personal en el desarrollo de esta pieza, que creemos también refleja nuestra forma de experimentar y relacionarnos con la arquitectura.

¿Por qué en el primer año de vida, se necesita tanto espacio? Poco niño y muchos objetos. Casi no hay movimiento, y todo son accesorios para su adaptación al nuevo entorno.

Los nuevos estímulos externos que percibe un bebé son sensaciones provocadas por sonidos, olores, movimiento, luz, temperaturas o texturas, en su mayor parte percibidas a través del tacto. Otra de las situaciones realmente novedosas para el niño es apreciar diferencia entre el día y la noche. Por tanto, es necesario que su espacio pueda ser controlado mediante un cierre nocturno que atenúe cualquier tipo de molestias externas.

La cuna se ubica en el centro del espacio de la vivienda, ocupando un metro cuadrado; un artefacto que también es volumen, da escala y relaciona las estancias. De esta forma, el movimiento de la casa —dormitorio, cocina, vestíbulo, salón— puede atenuarse según se abran (o cierren) las distintas puertas dispuestas a cada lado del mueble.

Se busca el módulo mínimo vital y se limita con un elemento practicable. Este objeto simple, al replegarse y expandirse se transforma, deshaciendo su condición de cerrado. Su interior se conecta con el entorno circundante e interviene en él, transformándolo. Lo interesante es ver como un niño lo habita, y cambia la escala y condición del espacio.

Módulo vital (Cuna, Corralito) + Almacén (Pañales, ropa sucia y limpia, higiene, cambiador, cochecito, juguetes).

La cuna es: cabaña, lámpara, aseo-cambiador, ventana, alcoba, almacén, armario…

Polisemia

Un dia invitamos a Miguel Fisac a casa para enseñarle uno de nuestros concursos. A pesar de su discreción, detectamos que no dejaba de mirar con curiosidad aquel mueble semiabierto. Al final de esa mañana le explicamos su sentido. Fisac, en ese momento, cambió la argumentación y nos habló del “invento”, de la importancia de la polisemia, conceptos que desde entonces procuramos buscar en todo proyecto y que consideramos siempre ayudan a mejorar el resultado. Defender la economía de medios es una manera menos demagógica de definir la sostenibilidad.

La capacidad de relación con el exterior dependía de concentrar al máximo el espacio de movilidad del bebé para que siempre estuviera cercano a los bordes de la cuna. Dentro de esa “piel” debía contenerse un volumen suficiente para almacenar todo lo que un niño necesita durante su primer año de vida.

Unas gafas de sol permiten ver el mundo en sombra por su proximidad con el ojo (la misma sensación a un metro de distancia, requeriría de un paraguas o una gran burbuja). Esta es la estrategia de la que sirve la cuna para relacionarse con el mundo de forma más amplia.

Factor tiempo
La capacidad de transformación de la pieza no estaba prevista hasta que sobrevino la necesidad. Al pasar un año el niño introduce el movimiento; y ese metro cúbico debe aumentar, para relacionarse de forma autónoma con el exterior.
La cuna se abre y ya es su primera casa, su cabaña.
A los 18 meses ya tiene autonomía: el movimiento más el habla. El niño necesita otros espacios y la cuna deja de ser refugio; ya no soporta la función para lo que fue concebida, pero mantiene lo esencial: sigue relacionando espacios, lo que permite una fácil adaptación.
Esta situación se repitió una segunda vez. Y hoy, ajena a quienes la han habitado, ha podido volver a transformarse sin modificar su principal función como “conector de espacios” al romper el plano del suelo, introduciendo un acceso a nuestro propio habitáculo una planta más abajo…
Reflexiones
Los proyectos que nos interesan son los que tienen capacidad de transformarse en el tiempo sin perder su esencia (su arquitectura). Lo importante de un proyecto –cuando creemos que merece la pena “habitarlo”– surge cuando su propio valor espacial sobreviene a su función original, que suele ser meramente circunstancial, vinculada a un tiempo concreto. El espacio de una acción que pretende atrapar los sentidos es siempre seductor.
Deseas experimentarlo…¡el deseo mueve el mundo! La arquitectura que perseguimos suele partir de un funcionario heredero del Movimiento Moderno, y tiene la capacidad de adaptarse con facilidad a las nuevas condiciones, sin perder sus invariables arquitectónicos esenciales. Que “habitar” sea su razón de ser:  luz+proporciones+escala= atmósfera.
Para nosotros, la excesiva pormenorización de un programa o el desarrollo sesudo de un proceso proyectual suele limitar tanto que impide visiones más globales, e incluso la capacidad de transformación sencilla o de actualización de los espacios. El exceso de fe en los procesos “proyectuales” (imprescindibles en la docencia, por su capacidad desencadenante) no justifica nunca la arquitectura real, que sólo puede juzgarse una vez habitada. Las carencias sensitivas de un espacio no pueden justificarse mediante un interesante proceso mental. Lo que para el arquitecto es analítico, para el usuario es holístico, porque valora lo emocional o práctico. Y es esa condición la que nos interesa.
En el proceso constructivo, los espacios se modifican con rapidez. La verdadera magnitud de las cosas en sus distintas fases va transformando una realidad siempre interesante. De esos “lugares encontrados” surgen nuevas direcciones que nunca se habrían abierto sin una experimentación previa. La obra, como la ruina, enseña una parte del proceso eminentemente práctico y muy fértil, siempre que se observe con el “ojo del arquitecto”.

Los Objetos
Vamos guardándolos y sustituyéndolos con el tiempo. A veces, modificándolos ligeramente, somos capaces de mantenerlos en nuestro imaginario otra temporada. Si no aguantan, es que no mereció la pena mantenerlos o ya aprendimos suficiente de ellos… pasa igual con los libros o la música. Los “preferidos” siguen teniendo una verdad oculta que te fascina. Esa perplejidad que produce un objeto guardado también la genera la arquitectura que conmueve; es atemporal. Por eso creemos que el análisis de esos objetos es un modo fascinante (y peligroso) de alimentar la imaginación.
Buscamos la oportunidad de poder introducir objetos específicos en cada proyecto. Son elementos definidores del espacio porque lo cualifican. Ayudan a concentrar sensaciones; de otro modo, pasarían desapercibidas. Pueden acercar la abstracción del espacio al hombre; es un marco de trabajo muy seductor.
Esa condición propia de la arquitectura, la de poder habitarse, implica un lugar.
Su interacción lo modifica, y ese compromiso con el paisaje urbano o natural es lo que ahora intentamos incorporar a nuestros procesos y a los de nuestros alumnos. Un artificio paisajístico, con la carga escenográfica que conlleva, tiene la capacidad de preservar y poner en valor lo que hemos descubierto como especial en el entorno. Se trata de colocar un marco, una ventana, para centrar la mirada de otra manera. Esta estrategia es un común denominador de todos nuestros proyectos.
Estos textos son algunas especulaciones personales que ahora nos preocupan. Y por eso, aunque no las consideremos algo público… tampoco está mal poder hablar un poco de ellas.

Fotografía de la cama-sofá de La Caja en Lissma, Suecia. Ralph Erskine. 1941-42.

HISTORIA DE UNA CUNA. Rubén Picado y María José de Blas


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