MUERTE DE K. José María Jurado

Ruinas de la Segunda Guerra Mundial.

Las autoridades locales habían encargado a K. la construcción de un suicidario público. La retirada diaria de los cuerpos arrojados a la calle dificultaba el tráfico rodado y había suscitado la protesta formal de los funcionarios de limpieza. El lugar escogido para la instalación era una suave pendiente a las afueras de nuestra ciudad. El diseño lo constituía una torre de cincuenta metros de hormigón a la que se accedía por una escalera de caracol enrejada en cuya cima una barra de trampolín se asomaba a un pavimento semicircular de mármol, rodeado por un graderío inspirado en el teatro griego de Siracusa. La altura del mástil central se había optimizado para reducir el número de intentos fallidos a lo que contribuían una serie de compuertas que impedían el retroceso de los arrepentidos. Se esperaba que la inanición fuese, pues, una causa frecuente de los óbitos, cuando no el combate en las alturas, ya que no estaba prohibida la entrada simultánea de los desesperados.

El día de la inauguración se publicó un edicto prohibiendo el suicidio fuera del Complejo y el Corregidor conminó a K. a hacer una demostración pública del ingenio que resultó un éxito para todos, incluido K., quien había acatado profesionalmente la cláusula recogida en el pliego de condiciones.

Al poco tiempo se desarrollo una creciente industria entorno al suicidario: en las noches de luna llena se vendían frutos secos y vasos de limonada y los espectadores acudían enfervorizados a contemplar a los mejores maestros de las comarcas vecinas que exhibían en asombrosas piruetas el arte de quitarse la vida. Aunque bien remunerada la profesión de suicida entró pronto en decadencia ya que cada vez había menos especialistas consumados con los que deleitarse, por lo que no tardó en crecer la hierba entre las baldosas rotas y el suicidario cayó en el olvido como tantos proyectos de nuestra administración.

Extraído de El lector de almanaques (www.jmjurado.org), José María Jurado, 2006.

Robert Capa, refugiados en la ciudad de Berlín, agosto de 1945.

http://www.jmjurado.org/?q=node/162

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