Los dos lados del espejo I ‎‎‏‪ ‎‎‏‪ ‎‎‏‪ ‎‎‏‪ ‎‎‏ ‎‎‏‪ ‎‎‏‪ ‪ ‎‎‏‪ ‎‎‏‪ ‎‎‏‪ ‎‎‏‪ ‎ ‎‎‏ ‎‎ ‎‎‏‪ ‎‎‏‪ ‪ ‎‎‏ ‎‎‏‪ ‎‎‏ ‎‎‏‪ ‎‎‏‪ ‎‎‏‪ ‎‎‏‪ ‎‎‏‪ ‎‎‏‪ ‎‎‏ ‎‎‏‪ ‎‎‏‪ ‎‎‏‪ ‎‎‏‪ ‎‎‏‪ LOXODONTA AFRICANA. Ricardo S. Lampreave

Caza del elefante del Museo de Ciencias Naturales de Madrid.
Ésta es la particular historia del sin par elefante del Museo de Ciencias Naturales de Madrid, un Loxodonta Africana.
Fue cazado en Stern Jack, Nilo Blanco, Sudán, el año 1913, el 11 de marzo. Su cazador, Jacobo Stuart y Falcó, Duque de Berwick y de Alba, realizó numerosos safaris por África Central en las primeras décadas del siglo XX. En aquella ocasión, disparó contra un colosal elefante al que, una vez muerto, arrancó los colmillos para su colección particular. Después de la carnicería, pensó en donar la piel del animal al Museo de Ciencias Naturales, aprovechando el barco que transportaba otros numerosos trofeos, que probablemente se encuentren todavía en el Palacio de Uría de Madrid.
Bajo sus órdenes, un grupo de nativos, los guías y ojeadores, llevados por primitivas costumbres, le atravesaron la piel con sus lanzas y cuchillos en demasiados sitios, quitándosela además sin ninguna pericia. El fardo, 600 kilogramos de piel seca y cuarteada, fue deshecho el 5 de noviembre de 1923, diez años después de su llegada a Madrid. Nadie quiso hacer nada con aquello, si no hubiera habido una insistente presión del cazador-donante, quien amenazó con trasladar la piel a Londres, donde podía contar con especialistas capaces de darle forma, pues conocía a la perfección la prestigiosa firma Word, dedicada a disecar animales de todos los tamaños.
El naturalizador Luis Benedito, que acababa de tomar posesión de su cargo como Escultor Taxidermista del Museo, debía dar solución a un problema inverso al que resuelven los sastres cuando toman medidas para hacer un traje. Allí disponía de unas pieles troceadas y arruinadas que había que adaptar a un cuerpo casi desconocido, que debía reconstruir. Y una fotografía regalada por el mismo cazador. En ella aparece el elefante recién derribado con dos de sus matarifes recostados en él. Después fue escrutada al milímetro para deducir la forma exacta de la cabeza, sin que la masa del cuerpo ofreciera ningún detalle relevante.
No existía un lugar en el Museo en el que hacer el trabajo. Ni se asignaron fondos especiales para su ejecución. Establecido en el Jardín Botánico aprovechando las obras de una estufa, construyó una pila de fábrica de ladrillo de 7,35 m2 (2.26 x 3.28) para las labores de curtido. Aquella gruesa e inerte epidermis, cuyo espesor superaba en algunas zonas los 10 cm, fue reblandecida y raspada por dos curtidores profesionales durante dos años de labor ardua y constante. La pieza extendida midió 37 m2 y su curtido final duró otro año más. Prueba de la dificultad de los trabajos es que cada vez que los doce mozos ayudantes sacaban la piel para ser trabajada y rebajada, se ensuciaba y estropeaba al carecer el pabellón de pavimento.
Benedito jamás había visto un elefante africano, ni sus huesos ni, por supuesto, un ejemplar disecado. Entre 1925 y 1928, se documentó minuciosamente sobre las hipotéticas proporciones de un ejemplar capaz de tener semejante talla. Aunque propuso a su director viajar a Londres para medir un esqueleto de la especie adecuada, asunto que, según sus cálculos, no le llevaría más de quince días, no tuvo la asignación económica ni la autorización para tal fin. Conocemos algunas de sus fuentes: los dibujos del esqueleto de un elefante africano hembra enviados por su maestro Hermann Ter Mer (del Instituto Groloph de Leizpig), los modelos reducidos de una pelvis y un cráneo del mismo instituto científico, el libro Scalking Big Game with Camera de Marius Monpwell, o las innumerables y humildes fotografías procedentes de recortes de periódico extranjeros que Benedito fue coleccionando y que aún se conservan.
La construcción del cuerpo fue compleja y rigurosa. Trabajó tanto en la estructura que debía soportar la masa desde el interior como en una maqueta a escala del aspecto final deseado, que sirvió como modelo a seguir (con sus pliegues, su contenida actitud a punto de iniciar un paso, su trompa audazmente torsionada…), en el diseño definitivo de las líneas maestras de su forma, tanteadas una y otra vez con patrones articulados de cartón a tamaño natural, o en la talla de la cabeza, trabajada independientemente.
Sobre una precaria estructura de madera, esculpida con escayola una anatomía de 3450 kg a la que ajustar la piel, Benedito fue adaptando los fragmentos al yeso guiado sólo por las pequeñas diferencias de las arrugas y la dureza de la piel.  Ayudado de alfileres, “pasaron de 77.000…”, y de la lentitud en el secado de las resinas, fue haciendo las correcciones necesarias hasta alcanzar una razonable disposición. Tres años duró la reconstrucción del elefante –con un lacónico “en abril de 1928 se le puso la piel al elefante”, como toda descripción, anotó Benedito en su diario el fin del agotador proceso–, antes de su paseo, desde el Jardín Botánico al Museo de Ciencias Naturales, por una Castellana llovida por la primavera de 1932. Allí, al llegar, como en el Botánico bajo el asesoramiento y permiso de Pedro Muguruza, que tuvo que desmontar la puerta de salida de Villanueva, se tuvieron que descolgar las enormes hojas que daban acceso al vestíbulo del ala Norte, para introducir aquel cuerpo opaco.
Un último viaje altamente solemne: tirado por un camión, sobre una plataforma muy rudimentaria (la que todavía tiene bajo sus patas, a la vista de quien lo quiera comprobar), recorrió el noble trayecto de la principal avenida de Madrid, componiendo un cuadro inverosímil y algo triste, llegando a su destino a los diecisiete años de perder la vida (la primera).
Su elefante fue el mayor de los disecados que se conocían hasta la fecha, según pudo constatarse. Pero a pesar del increíble resultado final y de la perfección de la obra acabada, cometió un pequeño gran error… Inspirado en los órganos genitales del caballo, ignoró que los de los elefantes son internos y no quedan a la vista. Desde entonces, con esta tara de renacimiento, su elefante ha venido presidiendo cuantas muestras y exposiciones se han realizado allí, por ajenas que fueran a él y su singular singladura, logrando finalmente haber dado muerte a su misma muerte.
El elefante del Museo de Ciencias Naturales de Madrid.

Los dos lados del espejo I. LOXODONTA AFRICANA. Ricardo S. Lampreave

Anuncios


A %d blogueros les gusta esto: