El arte y la ciencia II ‎‎‏‪ ‎‎‏‪ ‎‎‏‪ ‎‎‏‪ ‎‎‏ ‎‎‏‪ ‎‎‏‪ ‪ ‎‎‏‪ ‎‎‏‪ ‎‎‏‪ ‎‎‏‪ ‎ ‎‎‏ ‎‎ ‎‎‏‪ ‎‎‏‪ ‎‎‏‪ ‎‎‏‪ ‎‎‏ ‎‎‏‪ ‎‎‏‪ ‎‎‏‪ ‎ ‎‎‏‪ ‎‎‏‪ ‪ ‎‎‏ ‎‎‏‪ ‎‎‏ ‎‎‏‪ ‎‎‏‪ ‎‎‏‪ ‎‏‪ ‎‎‏‪ ‎‎‏‪ ‎‎‏ ‎‎‏‪ ‎‎‏‪ ‎LA POESÍA DE LA CIENCIA. ‎‎‏ ‎‎‏‪ ‎‎‏ ‎‎‏‪ ‎‎‏‪ ‎‎‏ ‎‎‏‪ ‎‎‏‪ ‎‎‏ ‎‎‏‪ ‎‎‏ ‎‎‏‪ ‎‎‏ ‎‎‏‪ ‎‎‏‪ ‎‎‏ ‎‎‏‪ ‎‎‏ ‎‎‏‪ ‎‎‏ ‎‎‏‪ ‎‎‏ ‎‎‏‪ ‎‎‏‪ Hans Magnus Enzensbergerr

Georgia O´Keffee, Abstracción negra, 1927.

La matemática es una poesía de ideas.

Armand Borel

1. Chacun devient idiot à sa façon: cada cual se vuelve idiota a su manera. Esta máxima procede de Peter Esterházy, el vástago de una familia principesca que ha ilustrado su propio aserto de una forma brillante haciéndose primero matemático, luego futbolista y al final de todo un famoso novelista. Quizá aluda con él a una clásica injuria del siglo XVIII. Por entonces los varones de formación universitaria se insultaban unos a otros llamándose idiot savant. Es posible que todavía hoy se le ocurra a cualquier estudioso uno u otro colega para los que sería adecuada esta caracterización. La aparición masiva del idiota especializado es presumiblemente una consecuencia inevitable de la diversificación de las ciencias. Incluso en el interior de la propia especialidad han crecido dificultades de comprensión. Casi nadie se atreverá a afirmar que domina el panorama de la investigación en todos los campos de las ciencias exactas. El discurso al uso de la interdisciplinariedad no puede engañar sobre la relación existente entre aumento de saber y estrechez de miras.

Tanto menos puede sorprender por ello que desde hace tiempo no quepa ya hablar de un horizonte cultural común de las ciencias humanas y naturales, no hablemos ya de las artes. La realidad ha dejado atrás la célebre tesis de P. C. Snow de las dos culturas. Con diferenciación creciente e igual justificación se podría hablar hoy de tres, cuatro o cinco culturas. En esto el diagnóstico de 1959 del físico y novelista inglés ha demostrado ser demasiado optimista para el régimen del pluralismo babilónico.

2. La figura del idiot savant, del “científico como idiota”, no es pensable sin su correlato, que seguramente es mucho más fácil de encontrar. El idiot lettré es una especie que prolifera entre especialistas en humanidades, artistas y escritores, y que quizá se sienta todavía mejor en su limitación que su imagen especular. Cada uno de nosotros, como se sabe, es extranjero en casi toda la Tierra, y asimismo cada cual es semianalfabeto o analfabeto completo en casi todos los ámbitos del saber. Ver esto es una cosa, otra distinta es ya estar orgulloso del estatus de ignorante. El investigador de Shakespeare que nunca ha leído una página de Darwin, el pintor a quien se le nubla la vista cuando habla de números complejos, el psicoanalista que no sabe nada de los resultados de los investigadores de los insectos y el poeta que no puede escuchar a un neurólogo sin adormecerse: ¡he aquí figuras involuntariamente cómicas, no muy alejadas de la variante del entontecimiento de que uno mismo es culpable!

3. Naturalmente que las cosas no siempre han sido así. Para ver esto no hacen falta conocimientos históricos muy profundos. Que la filosofía, la creación poética y literaria y la ciencia en su origen iban cogidas de la mano, no es desde luego un secreto. Su raíz común es el mito. La astronomía era en sus comienzos una práctica mágica, inseparablemente ligada a la astrología. Fueron los filósofos presocráticos los que fundaron la física en Europa. Empédocles es autor de una cosmogonía poética, y Pitágoras de Samos, a quien la matemática debe teoremas legendarios, era un místico.

Cosas muy parecidas son válidas para los comienzos del pensamiento científico en la India. La matemática sacral de los sulvasutras se remonta al primer milenio antes de Cristo. Tampoco en Mesopotamia, Egipto y China podían separarse la religión, la filosofía, la ciencia y la poesía.

5. La tradición del poema didáctico, tal y como fue establecido por los antiguos, ha sobrevivido a la Edad Media y alcanzado un nuevo florecimiento en el Renacimiento. Los poetas, los pintores, los arquitectos y los filósofos se han apropiado ávidamente de las investigaciones científicas de sus contemporáneos. A menudo, como en el caso de Cardano, Durero y Leonardo, ese interés iba de la mano de la producción artística. Giordano Bruno y Cyrano de Bergerac no trazaban fronteras entre poesía y ciencia. Hasta avanzado el siglo XVIII apenas puede hablarse de una separación entre ambas esferas. Para su monumental Enciclopedia estableció Diderot una alianza de grandes consecuencias con el matemático d´Alembert. Lichtenberg, a quien por otra parte hay que agradecer la invención de la fotocopia, era un físico apreciable, y Goethe estaba apasionadamente interesado en cuestiones geológicas, botánicas y fisiológicas, por no hablar de la obstinada especulación que fue la Teoría de los colores. Uno de los últimos poemas didácticos importantes es la Metamorfosis de las plantas, que quedó fragmentario. Todavía a los románticos les era ajena la estricta separación de la esfera científica y literaria. Autores como Ritter, Carus y Chamiso han trabajado por su parte como naturalistas, y el Borrador general nos da testimonio de los amplios estudios matemáticos, químicos, físicos y biológicos de Friedrich von Hardenberg, conocido como Novalis.

6. Todo habla a favor de que el gran cisma entre las ciencias naturales, por una parte, y las artes y las humaniora por otra, es un típico invento del siglo XIX. La progresiva especialización del saber y su encapsulamiento en el ámbito universitario, el desarrollo de la jerga científica y la victoria del positivismo son causas y síntomas al mismo tiempo de ese desarrollo. La actitud reduccionista de muchos científicos naturales, ligada a menudo a una cierta arrogancia, puede haber contribuido a que se produjeran reacciones alérgicas por parte de las artes y las ciencias de la cultura. Esta pelea entre hermanos en la casa de la intelligentsia ha durado ya suficiente tiempo, y, como siempre en estos casos, las actitudes hostiles de los participantes en estos torneos se determinan recíprocamente. El idiot savant y el idiot lettré se parecen más de lo que ellos suponen.

8. Pero pudiera ser que el siglo XIX también haya llegado a su fin a este respecto. Al principio inadvertidamente, luego de forma más visible, cada vez van tomando las cosas otro aspecto. Se van abriendo nuevos pasos de frontera. Quizá esté la literatura en camino de liberarse de la minoría de edad científica, de la que ella misma era culpable. Uno de los primeros entre los que no se conformaron con su papel de idiot lettré fue Raymond Queneau. No sólo editó en la Pléiade una enciclopedia científica y escribió un libro sobre la matemática moderna (Bords, 1963), de él existe también una Petite cosmogonie portative (1950) y un poema basado en un modelo combinatorio (Cent milliards de poèmes, 1961). En la obra de Primo Levi, químico de profesión, las ciencias naturales juegan un papel central. En la Summa technologiae (1963), de Stanislaw Lem, no sólo se traslucen extensos conocimientos de informática y cosmología, despliega asombrosas intuiciones de carácter pronóstico. El Gravity´s Rainbow, de Thomas Pynchon, es inimaginable sin una múltiple ambición erudita al nivel de la investigación científica actual.

13. ¿Quién sabe el porvenir que espera a estos encuentros de poesía y ciencia? ¿Se trata de meros encuentros fortuitos o se anuncia aquí una despedida del idiot lettré y un regreso a la creación literaria y poética inteligible? Ya con una mirada fugaz a la situación del mercado podría uno ponerse escéptico. Mientras la poesía es un medio minoritario, las disciplinas científico-naturales han ascendido a la condición de superpotencia cultural. Por eso cualquier encuentro de ese tipo produce la impresión de ser un juego desigual.

Pero un juicio tal sería apresurado, unilateral y superficial. Admitamos que los poetas que manifiestan un profundo interés por las ciencias tan sólo desempeñan un papel marginal. Las cosas toman otro aspecto cuando cambiamos la dirección de la mirada y, en lugar de examinar la ciencia en la poesía, nos vamos a buscar la poesía en la ciencia.

14. El gran especialista inglés en teoría de los números G. H. Hardy, de quien nadie podrá decir que es un representante de las ciencias “blandas”, cuenta en su libro A Mathematician´s Apology (1967) la visita que hizo a un amigo genetista llamado Steve Jones; éste, por lo visto, era versado en literatura, puesto que cita a Samuel Taylor Coleridge, un poeta del romanticismo inglés que solía asistir a las clases de química de la Royal Institution. Cuando se le preguntó por qué se tomaba esa molestia, Coleridge, al parecer, contestó: “Para enriquecer mis provisiones de metáforas”. Y Hardy observa al respecto: “Jones parecía desaprobar este empleo del conocimiento científico; él habría preferido un método más preciso. Por otra parte, ¿qué sería la ciencia sin metáforas?”

En efecto, toda narración científica –y no hay progreso en la investigación que pueda prescindir de la transmisión a través de la lengua– se fundamenta en el discurso metafórico. Todas las tentativas de los lógicos, desde Leibniz al Círculo de Viena, de reducirla al cálculo formal han acabado en el fracaso. La lengua natural ha resultado ser un medio tan imprescindible como flexible. Y precisamente en su empleo los matemáticos y científicos naturales de la modernidad han demostrado poseer una admirable capacidad de verbalizar sus planes, descubrimientos e hipótesis. Su producción de metáforas pone de manifiesto un admirable talento poético.

15. En la astronomía, la cosmología y la física hay antorchas, fotos de manchas, coronas, vientos solares, luz zodiacal, ruido galáctico, radiación de frenado, gran explosión originaria, campos gauge, agujeros negros (una expresión que debemos a J. A. Wheeler), nubes oscuras, líneas prohibidas, gigantes rojos, enanas blancas, fuentes estelares de rayos X, púlsares, galaxias enanas, cúmulos globulares, nebulosas en espiral, agujeros de gusano, radiación negra, ruido blanco, cuerdas y supercuerdas, espacio curvo, dimensiones enrolladas, quiralidad, familias de partículas, aniquilamiento de pares, partículas confinadas, extrañeza, túneles cuánticos, sopa cuántica y quarks (así llamados por Murray Gell-Mann según el Finnegans Wake, de Joyce; se distinguen entre los quarks los strange, top, bottom, up, down y charm, rojos, verdes y azules).

Los matemáticos conocen raíces, fibras, gérmenes, haces, gavillas [Garben], envolventes, nudos, lazos, bucles, rayos, banderas y pabellones [Flaggen], trazas, casquetes en cruz, cuerpos y subcuerpos, familias, esqueletos, ideales maximales, principales y nulos, anillos, ermitaños, monstruos, caminos aleatorios, líneas de fuga, grupos libres finitamente generados, variedades, conjuntos vacíos, preimágenes, puntos umbilicales, líneas de máximo declive, bordes de puente, colas de golondrina, filtros, nudos salvajes, grupos de trenzas, números túnel, polvo de Cantor, diamantes de Hodge, Stukas, mariposas y patos…

16. La tentación de continuar con estas enumeraciones es grande; podrían prolongarse durante páginas, también con ejemplos de otras disciplinas. Incluso quien no tenga ni la más mínima idea de lo que significan esos términos, advertirá la audacia con que las ciencias han conquistado nuevo terreno lingüístico, y no puede haber duda de que para ello se sirven de técnicas poéticas.

Como hace ya más de cien años sabía Karl Weierstrass, que puso los fundamentos de la teoría de las funciones elípticas, “un matemático que no tenga al mismo tiempo algo de poeta, no será nunca un matemático completo”.

Niels Bohr, por su parte, dijo de la física cuántica que constituye un ejemplo de que se pueden entender muy bien los procesos físicos sin que sea posible hablar de ellos de otra forma que mediante imágenes y metáforas; puesto que su ciencia no trata de la naturaleza, sino de lo que los seres humanos pueden enunciar sobre la naturaleza, las técnicas literarias han de ser un importante componente de la física.

18. La poesía de la ciencia no está a flor de tierra; procede de las capas profundas. Que la literatura vaya a estar en condiciones de relacionarse con ella de igual a igual es una cuestión abierta. Al fin y al cabo al mundo le tiene que ser indiferente dónde se manifieste la fantasía de la especie, siempre y cuando permanezca viva. Por lo que toca a los poetas, estas alusiones bastarán para mostrar que sin su arte las cosas no funcionan. Invisible como un isótopo que sirve para el diagnóstico y la medición de tiempos, imperceptible pero apenas renunciable como un oligoelemento, la poesía está actuante allí donde nadie la supone.

Fragmentos extraídos de Enzensberg, Hans Magnum. “La poesía de la ciencia”. Los elixires de la ciencia. Anagrama. Barcelona, 2002.

Alfred Stieglitz, Georgia O´Keeffe – manos y uvas, 1921.

El arte y la ciencia II. LA POESÍA DE LA CIENCIA. Hans Magnus Enzensberger

Anuncios


A %d blogueros les gusta esto: